La sentencia del Supremo sobre la exhumación de Francisco Franco parece redactada por un niño. Los niños tienen esa brutal racionalidad que les hace incapaces de convertir en complejo y altisonante lo que es trivial y sencillo: ¿cómo vas a preferir gastar tu dinero en construir una iglesia que en volver a tener pulmones? Lo evidente es imposible de esconder para un niño; sólo la estupidez pretende envolver lo obvio en circunloquios disfrazados de solemne intelectualidad (es mejor construir una iglesia porque lo mejor que le ha pasado a España, fijaos en lo que digo, niños, que no tenéis ni idea, es entrar en la Unión Europea y los pulmones ni son símbolos ni están en Europa); y la sentencia del Supremo sobre el enterramiento de Franco discurre por razonamientos obvios para desmontar sin despeinarse las paparruchas del franquismo familiar y sus acompañantes político-mediáticos.

¿Se ataca la libertad de la familia? Oiga, no, las familias (ninguna familia) puede enterrar a nadie donde le dé la gana sino que puede escoger libremente de entre sitios de enterramiento posibles, seguros y legales. ¿Se discrimina a este señor con una ley ad hominem? Mire, no diga chorradas, es evidente que Francisco Franco no supone lo mismo en nuestra historia y en nuestra política que tu vecino del 5º. ¿No tiene licencia urbanística? Como si levantar una losa, sacar la caja y tapar el hueco fuera una obra de complejidad tal que necesitara el concurso de miles de presos políticos ¿La Basílica es inviolable? Una cosa es que sea una Iglesia y otra que en su recinto no esté vigente la legalidad democrática… A la memez de Rocío Monasterio hablando de profanación de la tumba de Franco no contestan los jueces: un niño al oir completas naderías se va a su cuarto a jugar o a la cocina a por galletas y algo así parece hacer el Supremo.

Todas las gilipolleces revestidas de argumentos que han utilizado los voceros del franquismo quedan en solemne ridículo tras el sencillo texto de la sentencia del Supremo aprobado por unanimidad. Tras este texto hoy no sale en la tele ninguna histriónica señora franquista y los medios portavoces de la familia Franco retiran por fin el tema a una esquinita: La Razón hoy sólo dice que a la familia Franco le molesta que la Conferencia Episcopal no defienda al genocida. Hoy parece evidente que no existe una España real incómoda por la exhumación del dictador, que eso sólo pertenece al mundo del disparate por mucho que le suban el volumen algunos periodistas y políticos.

Esa sencillez de la sentencia del Supremo enseña el camino y nos deja la puerta abierta para una política de memoria democrática mucho más avanzada pero tan obvia como que un país democrático no tiene mausoleos públicos dedicados a genocidas que asesinaron a miles de ciudadanos. Porque el gran escollo de la memoria democrática en España es cómo se agiganta la voz de una España mínima, ruín y decadente que ya no representa a casi nadie y simulamos que berridos de brocha gorda son argumentos racionales. Los argumentos del Supremo bien podrían haberlos hecho suyos el PP y Ciudadanos para avalar lo evidente sin ruido (y sin regalarle a Pedro Sánchez la heroicidad de hacer lo obvio).

No se divide a España por ponerse al lado de la democracia y contra la dictadura, no se abre ninguna herida por reprobar a los criminales y reivindicar a sus víctimas. Es tan sencillo y evidente como lo es la defensa de la democracia y los derechos humanos. Si hay un rinconcito mezquino en el que aún se intentan envolver en basura argumental para no dar la espalda al crimen, es problema de esos pocos habitantes del rinconcito ultra: podemos intentar ayudarles a entrar al edificio democrático, pero no podemos someter la democracia al agostamiento moral de ese grupúsculo.

El Supremo ha abierto la puerta y enseña cómo avanzar: mostrando como sencillamente obvio lo que es sencillamente obvio. Qué ridículo hacen siempre quienes se creen muy maduros por defender gilipolleces con solemnidad tan impostada. Sigamos haciendo cosas sencillas para que España deje de ser arrastrada al ridículo de ese pequeño reducto grotesco.