No hay muchos nexos entre la situación que viven Cataluña y la que vive Venezuela. Pero sí hay algo muy importante en común: son dos sociedades divididas prácticamente en dos mitades que no reconocen la legitimidad democrática en la posición de la otra mitad.

En Cataluña lo conocemos bastante bien: una mitad entiende que la legitimidad democrática exige que los catalanes voten si quieren ser un Estado independiente o no; otra mitad entiende que la legitimidad democrática sólo la tiene quien defiende el actual marco legal español y autonómico catalán. En Venezuela una mitad entiende que la legitimidad democrática descansa en la elección de Maduro en las recientes elecciones presidenciales; y otra mitad piensa que la Asamblea Nacional en la que dominaba por primera vez la oposición sigue siendo legítima porque su disolución para convocar unas supuestas elecciones constituyentes fue una burla a la Constitución.

Se puede discutir en ambos casos quién tiene razón y quién no. O incluso reconocer, en ambos casos, que a ninguna de las partes les faltan razones ni ninguna las tiene todas. Pero lo importante es la constatación de que ninguno de los dos conflictos se va a arreglar porque una de las partes imponga su razón sobre la otra. Ni siquiera aun suponiendo que esa parte tuviera toda la razón.

La democracia no necesita sólo de reglas democráticas. Necesita, sobre todo, de una asunción generalizada del juego. Las elecciones más democráticamente impolutas no sirven de nada si la mitad de la población no se siente concernida en el juego. Porque la democracia no consiste en hacer elecciones: la democracia consiste en que gobierna el pueblo y las elecciones son el principal instrumento que hemos inventado para traducir millones de voces en una «voz del pueblo«: si la mitad del pueblo ve (con o sin razón, da igual) su voz fuera de esa traducción, la democracia tiene una avería muy seria.

Tanto en Cataluña como en Venezuela la solución al conflicto es dificilísima pero sólo tiene un camino: el diálogo entre enemigos y un pacto para encontrar un camino democrático cuyo resultado (el que sea) reconozca una y otra parte. En Venezuela probablemente ello sean elecciones presidenciales y legislativas pactadas y en las que concurran gobierno y oposición y se respete el resultado por ambas; en Cataluña no parece haber mucha más posibilidad que un nuevo (e imaginativo) marco institucional para Cataluña, acordado entre distintos, votado por los catalanes y respetado por España.

Lo insólito de ambos casos no es la deslegitimación del otro, algo que es muy común, sino que sea la mitad de la población la que considere ilegítima y antidemocrática (dictadura, golpismo, fascismo…) la victoria de la otra parte. Porque ambas partes tienen victorias (electorales, internacionales, judiciales) y ambas partes tienen a prácticamente media población negando la legitimidad de las victorias de los otros.

Otro elemento común es que en ambos casos es muchísimo más agradecido darse golpes de pecho reconociendo sólo las razones de una de las partes evitando, al menos, la mitad de los insultos del fuego cruzado. Pero también tienen en común que sólo existe un camino posible desde esa distancia que busque el acuerdo entre distintos. Sólo desde ahí, aunque suponga duplicar la recepción de ataques e insultos, existen posibilidades de evitar que ambas situaciones se enquisten o incluso empeoren.