A las 8 de la mañana el alcalde de Alcorcón, diputado del PP en la Asamblea de Madrid, conocido por su machismo y su lucha contra la libertad y la igualdad, tuiteaba que la puesta en marcha de Madrid Central le recordaba a la construcción del Muro de Berlín. Pocos días antes una columnista de El Mundo encontraba el trasfondo común («salvando las distancias, claro») entre el gueto de Varsovia y Madrid Central. El vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Pedro Rollán anunció hace unos días: «lo que tendrá lugar es el caos, desabastecimiento, pérdida de vida, pérdida de identidad en los comercios que dan sentido a Madrid Central, pérdida de empresas, pérdida de puestos de trabajo«.

La campaña apocalíptica del PP y Ciudadanos (y su pesebre mediático) de estas semanas anunciando el Apocalipsis, el totalitarismo liberticida y las mil mandangas con las que Begoña Villacís, quien la acompañe del PP en cada momento y el mal llamado gobierno de la Comunidad de Madrid han sido, de nuevo, ridículas. A las 12 horas ya empezaban a recular y lo que explicaban es que Madrid Central no es para tanto, que es una medida fake, que es sólo ampliar las áreas de prioridad residencial que ya existían, que era inútil porque no se veían comandos policiales persiguiendo a conductores…

Este Ayuntamiento de Madrid ha modernizado mucho la ciudad, pero sin duda una de las mejores ayudas que va a tener en las elecciones de mayo de 2019 habrá sido la patética oposición que ha tenido, con continuas oposiciones a obviedades, anunciando la llegada del anticristo por un carril bici o por una cabalgata de reyes, apoyándose en organizaciones fascistas para detener en los juzgados el adecentamiento democrático del callejero, atacando toda medida por la modernización de Madrid. Como en 2015 ayudó mucho el ridículo de Esperanza Aguirre anunciando los soviets de distritos que los madrileños hemos podido contemplar estos cuatro años. Han anunciado mil desastres; han hecho esas mil veces el ridículo.

Han sido cuatro años de patética lucha contra el tiempo, de intentar volver a una ciudad de los años 60, al desarrollismo tecnócrata que medía el progreso en humo.

Ayer volvieron a tomar a los madrileños por gilipollas haciendo como que no habían dicho lo que esa misma mañana habían cacareado. Los madrileños no son gilipollas. Todo lo contrario. Y en mayo se lo dirán muy clarito.