En alguna ocasión he escrito que los derechos humanos son para los hijosdeputa. Cuando uno se opone a la pena de muerte quiere decir que el Estado no debe asesinar a criminales horribles; cuando se defiende la libertad de expresión, se está en contra de que se censuren opiniones infames. Se supone que nadie está a favor de que el Estado asesine a personas bondadosas que dedican su día a ayudar a cruzar la calle a personas mayores ni de censurar inmaculados poemas de amor casto. Los derechos humanos son para los hijosdeputa porque para las personas buenas no hace falta defenderlos.

La virtud de la intervención de Enrique Tenreiro en la tumba del mayor asesino de la Historia de España es que ha mostrado que en España hay un reducto de gente que quiere derechos para unos hijosdeputa pero sólo para ellos.

Cuando la tumba de Franco está en el centro de la mayor fosa común de España, rodeado de los cuerpos secuestrados de decenas de miles de sus víctimas y recibiendo un homenaje público se decían barbaridades como que eso son cosas del pasado que no interesan a nadie, que no hay que gastarse un euro en el Valle de los Caídos y que cualquier acción que evite la humillación de los asesinados es reabrir heridas en vez de mirar al futuro para reconciliarnos.

Lo coherente sería que ahora los mismos bocazas se opusieran a que se limpie la pintura (una paloma de la paz y el lema «por la libertad»: nada puede ser más ofensivo para la memoria del dictador). Que nos expliquen que limpiar esa tumba sería mirar al pasado, que eso no le importa a nadie, que no nos gastemos ni un euro en la tumba de Franco, que limpiar esa tumba sería reabrir heridas en vez de mirar al futuro.

¿O van a pedir que la tumba del asesino sí se respete mientras ponen esas patéticas excusas para seguir humillando a sus asesinados y familiares?

Los familiares de ese asesino tienen derecho a llevarlo a una tumba decente sin que nadie la pinte, tienen derecho a saber dónde está, si quieren, claro que sí. Los españoles tenemos derecho democrático a que el mayor asesino de nuestra Historia deje de perturbarnos, que no esté homenajeado por el Estado, que no focalice akelarres fascistas. Tenemos derecho a sacarlo de un monumento de Patrimonio Nacional, tenemos el deber de quitarlo del centro de la fosa común. Tenemos también derecho a que no haya un núcleo de peregrinación de fascistas en el centro de Madrid. Pero tampoco en el cementerio de El Pardo, un cementerio municipal donde también hay personas decentes cuyas familias no tienen por qué ver convertido en un santuario fascista el lugar donde descansan sus muertos.

Hasta ayer apartar de la circulación el cadáver del asesino era una necesidad de los demócratas. Desde ayer también resulta conveniente para los familiares del asesino. A Videla no lo enterraron de forma anónima para evitar homenajes sino para dificultar ataques a la tumba. Desde ayer los Franco se encuentran en una situación parecida. Que se lleven el cuerpo de su familiar, lo entierren o hagan con él lo que quieran. Pero que nadie sepa dónde está. Tenemos derecho a que desaparezca de nuestras vidas. Y la familia también tiene derecho a que desaparezca de nuestras vidas, que se convierta sólo en el cadáver de su familiar y que nos acordemos de sus crímenes como garantía para un futuro democrático, pero no del cuerpo del hijodeputa que, hasta él, tiene derechos.

Pero no sólo él.