El proceso independentista catalán ha tenido dos principales fortalezas. En primer lugar una transversalidad política que lograba una unidad de acción que ha abarcado desde los herederos de Convergència hasta el izquierdismo de la CUP. En segundo lugar un pacifismo militante, imperneable a provocaciones, que facilitaba colocar a la vista de todo el mundo la respuesta policial y judicial del Estado en el lado del autoritarismo y la desproporción.

Ayer probablemente se derrumbaron ambos cimientos del procés.

Es obvio que la unidad de acción lleva semanas resquebrajándose. No es fácil de conjugar esa unidad con la evidente parálisis del Govern, que sabe que no puede dar un paso más pero mantiene una verborrea cada vez más incoherente con sus propios hechos. Ayer mismo cristalizó la distancia entre los hechos y las palabras con especial evidencia: por la mañana Torra pedía más empuje a los CDR y por la noche los mossos de Torra cargaban contra los CDR por pasarse con los empujones. Ayer, primer aniversario de la gran movilización soberanista que supuso el 1 de octubre era difícil encontrar una crítica a Rajoy, Llarena, Rivera o incluso Sánchez o Iglesias. Desde la calle se criticaba a Torra y a su conseller de Interior; desde Bruselas, desde la cárcel… se criticaba los excesos de los manifestantes. Es difícil pensar que la unidad de acción independentista pueda volver en un tiempo.

Y es igualmente obvio que las imágenes de ayer debieron hacer la boca agua de quienes llevan meses teniéndose que inventar violencia y acoso a las instituciones para justificar la respuesta represiva que dan y la que quieren dar. Hay que reconocer el mérito que ha tenido durante tantos meses tan duros haber impedido la menor acción violenta de prácticamente ningún descontrolado. Y ayer tampoco se produjo ningún acto de violencia contra las personas ni contra las cosas (es decir, nada capaz de herir a alguien o de destrozar algo; al menos en las imágenes que he visto); sin embargo el enfrentamiento con los mossos hasta lograr encerrarlos en el Parlament, el intento de abrirlo y la entrada en la Delegación de la Generalitat en Girona rompen drásticamente el instrumento de mayor fuerza política y propagandística (especialmente para el resto del mundo) que había acumulado el independentismo. No olvidemos que para acusar de rebelión a los Jordis tuvieron que calificar como violencia el hecho de que otras personas hubieran dejado un coche policial lleno de pegatinas; y que para el resto de presos la violencia de la que se les responsabiliza es la que ejerció la policía dirigida por Moncloa contra las personas que querían votar el 1 de octubre. Ni que eso sólo ha colado en la Plaza de las Salesas de Madrid. Al norte de los Pirineos no hay juez que se lo trague.

El otro rasgo principal del independentismo es probablemente el que lo ha conducido a una derrota (si se quiere temporal): ser absolutamente incapaz de medir sus fuerzas. Todo lo que sucedió desde el 3 de octubre del año pasado tenía varios pecados (por ejemplo el de interpretar engañosamente una exitosa movilización como un efectivo referendum vinculante). Pero el más letal de ellos fue hacer como que daban pasos que les resultaban imposibles; y además, como eran imposibles, realmente no los daban, por lo que el único efecto de tal simulación era servir de excusa al Gobierno del PP para una respuesta exacerbada.

Esa incapacidad para medir sus fuerzas sigue vigente. En los discursos de Torra y en las exigencias de quienes ayer pedían hacer efectivo el supuesto mandato del 1 de octubre. El independentismo catalán fue derrotado duramente. Pueden pensar que fue una derrota temporal (que, usando una peligrosa metáfora bélica, fue una batalla, no la guerra), pero fueron derrotados. Hay quienes desde el autoritarismo español no quieren asumir su victoria para tener excusas para seguir castigando: piden ahora un nuevo 155 sin mayor motivo. Pero es suicida para los independentistas no ser conscientes de esa situación de contundente derrota. Y también es letal para quienes no queremos su independencia pero sí aspiramos a una convivencia normalizada y democrática en Cataluña y en el conjunto de España.