Se cumple un año de la gran movilización soberanista catalana que supuso el 1 de octubre de 2017.

Un año después lo más probable es que las posiciones maximalistas (quienes quieren vivir ya en una república catalana independiente y quienes quieren decretar el fin del asunto proclamando la indisoluble y eterna unidad de España) estén más débiles que el 30 de septiembre de 2017. Y ambas por errores propios.

La violencia policial del 1 de octubre contra ciudadanos que estaban desobedeciendo pacíficamente generó un abismo emocional que difícilmente se solucionará. Las estrambóticas teorías jurídicas para convertir en violencia hechos pacíficos, para encarcelar acusados de rebelión a dirigentes políticos por llevar a cabo aquello para lo que fueron votados (antes y después del 1-O) imposibilita para bastantes años un acomodo libre y fraternal de gran parte de Cataluña en España; por no hablar del bochorno al que se somete a España cada vez que un tribunal europeo se ve obligado a posicionarse sobre tales teorías. El discurso televisado del rey fue agresivo y nítidamente de parte: no de parte de la unidad de España sino de su retórica más dura, que no es ni de lejos la de todos los españoles. Desde entonces sabe que nunca será un rey querido por la mayoría de los catalanes; y que millones de españoles ya le podemos pedir discursos políticos para graves agresiones a España (por ejemplo, la corrupción institucional o la de su propia familia). El rey, también, se pegó un tiro en el pie queriendo aparecer como el más duro del lugar.

Con todo, los independentistas han hecho lo posible por perder ellos también. La estupidez de agarrarse a una exitosa movilización popular para traducirla como un referendum vinculante y concretar esa traducción en una proposición no de ley (una mera declaración política de la mayoría del parlamento) que declaraba la independencia de Cataluña pero la dejaba en suspenso… era completamente estéril para sus objetivos y sirvió en bandeja al nacionalismo español más autoritario la escalada represiva que desarticuló las direcciones de sus partidos y movimientos sociales mediante cárcel, exilio e intervención (derrotada en las urnas) de la autonomía catalana. Lo que no engorda mata y el independentismo no ha engordado desde el 1 de octubre, se ha dividido, está descabezado y no tiene ningún rumbo conocido hasta el punto de que acaba de firmar un acuerdo de infraestructuras con España para los próximos cuatro años, evidenciando que no hay un proyecto independentista real.

El 1-O no fue un referendum: el Estado consiguió evitar que hubiera una consulta formal, creíble, rigurosa… y los independentistas no lograron que hubiera la aceptación colectiva de la votación (sólo votaron soberanistas) para que se entendiera que de las urnas emergía la voluntad popular de Cataluña. Sin embargo, la distancia afectiva entre millones de catalanes y España se ha agigantado este año imposibilitando una propuesta de España verosíil que incluya al pueblo catalán. Pero esa distancia afectiva sólo permite un vacío, ni siquiera les sirve a quienes podrían usarla para romper: este año también ha servido para demostrar la debilidad del proyecto independentista, que tampoco tiene la cohesión afectiva que compense la distancia con España.

¿Y en medio? En medio de los dos polos podrían estar quienes presumieran de haber llevado razón. Pero lo cierto es que incluso si así fuera serviría de poco. Llevar razón ¿y qué? Porque tampoco hay una salida intermedia que logre consensos, ni tan siquiera que facilite una mayoría popular catalana. La propuesta de nuevo estatuto catalán que insinúa Pedro Sánchez, incluso en la lejana hipótesis de lograr un acuerdo con la mayoría parlamentaria catalana ¿cómo garantizaría que PP y Cs no repetieran un recurso al TC que tumbaría el proyecto mayoritario de los catalanes y nos devolvería a la casilla de salida? Y la idea de un referéndum acordado entre Madrid y Barcelona (o entre los catalanes de distintas posiciones) ¿de verdad sigue vigente en lo concreto? ¿no es ya sólo una vaga exhibición de principios democráticos más que una propuesta que sirva para 2018 tras la oleada de tsunamis que han arrasado la política catalana?

Un año después parece que hubiera pasado una década. Sin cambiar nada, todo se ha podrido. Nadie puede seguir mirando hacia delante como si delante hubiera algo. Tocaría mirar hacia los lados. Pero probablemente a los lados tampoco haya nadie ni nada.