Hizo ayer Pedro Sánchez una propuesta para desatascar el conflicto territorial de Cataluña. La expresión que más se ha repetido para definirla es la de “un referéndum por el autogobierno de Cataluña”. Esto no es más que el referéndum preceptivo tras una reforma del Estatuto de Autonomía, esto es, una reforma del Estatut en la que, esta vez sí, los catalanes voten lo que luego se les va a aplicar.

Pese a las estridencias de rigor del PPCs (político-mediático) la propuesta es ciertamente conservadora. Cuánto mejor estaría España si el PP y el Tribunal Constitucional no se hubieran cargado el Estatut que votaron los catalanes. Cuánto mejor aún si Zapatero hubiera cumplido su promesa de generar el acuerdo político en el Parlament, logrando así que ERC formara parte del acuerdo estatutario. Por cierto, es una oportunidad que se presenta ahora en Euskadi, donde PNV y EH Bildu empiezan a proponer una senda que, por avanzada que sea y no habiendo sido dialogada con el resto de opciones vascas, se inserta en el Estado autonómico.

Lograr el apoyo de los independentistas a una propuesta estatutaria, por poco que guste a los más aguerridos unionistas, es la única forma de pensar que la unidad de España no estará en crisis en varias décadas. Esa oportunidad se tuvo en 2005 y 2006: su fracaso fue la razón por la que hoy estamos donde estamos.

El problema de la propuesta de Pedro Sánchez no es que sea demasiado audaz sino que es, en el mejor de los casos, ingenua. Tras todo lo que ha sucedido en Cataluña, con una mayoría parlamentaria y prácticamente una mitad popular que en vez de autonomía quiere independencia, resulta obvio que incluso el acuerdo alcanzado en el Parlament en septiembre de 2005 (el que luego peinó el Congreso) resultaría insatisfactorio como punto de llegada para buena parte de los catalanes, probablemente para la mayoría. Es más que optimista pensar que con buena parte de sus dirigentes en la cárcel o fuera del país por hacer aquello para lo que fueron votados, los partidos independentistas tengan mucho margen para llegar a acuerdos autonomistas. Sólo cabe pensarlo desde la perspectiva de que la durísima derrota sufrida (el 155, los encarcelamientos) les aconseje una suerte de rendición. Pero eso es cualquier cosa menos una solución y mucho menos una solución duradera.

Pero supongamos que sí, que se logra dar salida a las mil dificultades existentes y se logra un acuerdo de nueva relación entre España y Cataluña apoyada por la mayoría del Parlament, del Congreso y del pueblo catalán. En ese caso, ¿qué garantía tiene el pueblo catalán de que una nueva reforma estatutaria, incluso pensando en una reforma timidísimamente más ambiciosa que la que dejó el Constitucional, no fuera a ser recurrida por PP y Ciudadanos y tumbada de nuevo por el Constitucional? A la vista de la carrera enloquecida de PP y Ciudadanos por el margen más nacionalista y conservador y del apoyo judicial a cualquier disparate si éste se opone al independentismo catalán lo único garantizable es que volvería a pasar lo mismo que sucedió en la década pasada. Con la frustración añadida de estar corriendo en una rueda de hamster infinita.

Lo bueno de la propuesta de Pedro Sánchez es que es una propuesta. Lo malo es que es una propuesta inviable. Como todas las demás, por otra parte.