El Madrid acababa de ganar la decimotercera Copa de Europa (el siguiente equipo que más tiene es el Milán: siete), la tercera consecutiva (el último equipo en hacerlo fue el Bayern de Munich: en 1976), la cuarta en los últimos cinco años (algo insólito desde el Madrid de Di Stefano en los años 50 que ganó cinco Copas de Europa en cinco años). Y justo en ese momento Cristiano Ronaldo (que no hizo una gran final aunque ha hecho un gran torneo) decidió que tocaba hablar de él. «En los próximos días daré una respuesta a los aficionados que ellos sí están de mi lado. Fue muy bonito estar en el Madrid. A lo mejor la Champions debe cambiar de nombre por el de CR7 Champìons League. ¿Quien tiene más Champìons y más goles?«.

Cristiano Ronaldo siempre ha sido egocéntrico y arrogante. Afortunadamente. Sin ese egocentrismo ni esa arrogancia no habría sido el jugadorazo que ha sido. No habría resistido la brutal presión mediática, no habría conseguido mantener la competencia con un mago como Messi, no habría generado el terror en las aficiones ajenas cuando Cristiano cogía el balón a 60 o 70 metros de la portería como anunciando un tsunami imparable que acabará con el balón en la portería, no se habría reconvertido en los últimos años en otro jugador, un 9 con una insólita capacidad para el gol, no seguiría a los 33 años (tras tantísimos en la primera línea de la élite y disputando al 100% todos los minutos de todos los torneos) siendo el jugador que más influye en la conquista de títulos del Mundo.

No es un caso único. En los años 90 pasaba algo similar con Arantxa Sánchez Vicario: una persona que caía bastante mal por su arrogancia, que no paraba de recordar lo buena que era y lo poco que debía a nadie; pero gracias a ese carácter (infumable para quien quisiera buscar un colega de cañas en vez de una deportista de élite) arrasaba en los mejores torneos y fue número 1 del mundo pese a que otras tenistas tenían posiblemente mejores cualidades técnicas, pero no tenían ese insoportable pero imprescindible carácter.

Ese carácter puede ser un blindaje imprescindible cuando se tiene por delante una empresa monumental, con un protagonismo absoluto y por tanto con mil presiones que exigen una rigidez frente a los huracanes, estabilidad mental cuando la cosa se hunde y cuando el viento empuja de cola para seguir haciendo lo que hay que hacer, para lograr que la cabeza propia sea la que piense (incluso la que decida quién merece ser escuchado y quién no está ayudándote sino sólo presionando o parasitándote) en medio de los vendavales.

Ocurre que esa arrogancia es tan insoportable que llega un momento en el que agota. No se puede ser el ombligo del mundo siempre y que siempre salga bien. Llega un momento en el que es inaguantable: con un poco de suerte el declive de la carrera del deportista de élite hace que pase imperceptible ese momento; con mucha suerte los consejeros mantenidos en la época de lucidez saben avisarte a tiempo de que ya no es el momento en el que la arrogancia y el egocentrismo te ayuden sino que más bien son lo que te pueden sacar del centro del mundo y pasar de la admiración (y el odio de tus enemigos) a generar sólo mofa.

Hay un momento en el que ya no es el momento. Cristiano Ronaldo no se dio cuenta. Ayer no era el momento. Y seguramente muchos de los aficionados que tantísimo hemos disfrutado con su juego, a quienes se nos paraba la respiración cuando Cristiano recibía el balón en el medio campo, quienes queríamos que volviera a tirar otra falta a ver si esta vez sí, quienes lo defendíamos en la oficina y en el bar ante quienes criticaban su último gesto, quienes siempre agradeceremos todo lo que hemos disfrutado de su fútbol, de sus goles, de su pasión, de los títulos logrados… escuchemos las palabras de ayer y pensemos «pues qué se le va a hacer, no vamos a estar siempre convenciéndole de que nos haga el favor de ser el protagonista de un club tan maravilloso; muchas gracias por todo pero seguimos«. No sé, ojalá se hubiera dejado aconsejar mejor.

Siempre le agradeceremos todos estos años y eso será lo que contemos a nuestros hijos.