Cuando Podemos introdujo machaconamente la idea de la casta como forma de designar a una oligarquía tóxica a muchos nos rechinó. Su contenido sustantivo era plenamente asumible (y así lo defendí cuando aún no estaba en Podemos) pero las personas que tienen la política en el centro de sus inquietudes solemos tener algo de religiosos (aunque queramos evitarlo a toda costa) y nos resulta ciertamente incómodo ver cómo se cambian nuestros rezos y simular que espontáneamente ya no tenemos que perdonar las deudas, sino las ofensas. Lo que rechinaba era una suerte de imposición artificial de una consigna a la que costaba sumarse sin impostar excesivamente: su evidente éxito popular mostró que esa resistencia era más un desdén aristocrático, que un análisis material de las posibilidades políticas de la casta.
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