Que el debate que tiene ante sí Podemos es un debate de importancia capital para el país es una obviedad que no merece ser reiterada. Por eso los agentes del poder  intentan dinamitarlo con fábulas de terror que alguien se inventa para atacar a Podemos.

Hay dos riesgos que podrían evitar que Podemos tenga ese gran debate colectivo que necesita y para el que están los procesos congresuales. Uno ha sido transitado demasiadas veces rebajando el debate político a una pelea tóxica y tendente a los ataques personales que hace imposible la deliberación necesariamente racional y sosegada. Creo que de ese grave riesgo fue consciente todo el mundo las pasadas navidades y, salvo francotiradores que dictan filtraciones mediáticas nocivas, las últimas semanas hemos asistido a constantes llamamientos a la unidad (a veces en boca de estruendosos pirómanos hasta ayer mismo) como máximo objetivo de la asamblea ciudadana. Pero esa sacralización de una unidad en abstracto supone otro riesgo: sería tentador evitar los debates políticos y organizativos y alcanzar unos acuerdos, que tendrían que ser en el reparto del pastel, dado que sobre lo sustantivo se pasaría de puntillas. Ello sería contraproducente para la propia unidad conseguida, dado que los debates evitados seguirían latentes.

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