Hace un par de años los fundadores de Podemos introdujeron en el debate político la apelación a la casta. Inmediatamente, cómo no, el coro del poder intentó distorsionar la idea que había detrás. Del «Hay muchos concejales que no cobran un duro» (como si la casta fuera cualquiera que tuviera inquietudes políticas) al «ahora que sois diputados vosotros también sois casta» (como si la casta fueran todos los cargos públicos y sólo quienes están en cargos públicos) pasando por el constante «al fin y al cabo mucha gente paga al fontanero sin IVA» (igualando el gran saqueo del poder con esa picaresca, que, qué le vamos a hacer, forma parte de nuestro ADN desde el Lazarillo de Tormes: es hasta un discreto motivo de orgullo patrio).

Los papeles de Panamá no nos permitirán desmontar el saqueo operado a través de paraísos fiscales. Estamos conociendo sólo lo que se ha tramitado en un único despacho (ni siquiera el más grande) ubicado en un único paraíso fiscal. De todo el retablo del saqueo sólo tenemos un pequeño cuadradito que estamos ampliando hasta reconocer la cara de quienes están robando ahí : sabemos que quedan fuera de ese cuadradito una inmensa cantidad de dirigentes políticos, empresarios, periodistas, escritores… que no han tenido la mala suerte de haber elegido justo el país y en él justo el despacho sobre el que se pone la lupa.

Pese a ello, los papeles de Panamá tienen la gran virtud de ilustrar perfectamente qué es la casta.

No, no es picaresca: es un saqueo organizado al que sólo acceden las grandísimas fortunas. La frontera entre no pedir factura cuando te cambian la taza del váter y tener un entramado de sociedades pantalla para esconder parte de tu fortuna en paraísos fiscales no es de distintos grados sino de distintos mundos. Vivimos en mundos distintos y el nuestro padece su saqueo.

Pero sobre todo los papeles de Panamá permiten ilustrar que la frontera no está entre lo político y lo civil sino entre una pequeña élite (élite política, cultural, empresarial) y la gente común, la de este mundo. Ese conflicto entre el 1% y el 99% cuyo enunciado, obviamente, tampoco gustó a los que renegaban del término casta.

Una mirada a los papeles de Panamá ilustra que lo que hay en las alturas es un entramado de los poderosos. No sólo porque estén juntitos sino porque trabajan unos para los intereses de los otros en perjuicio de sus pueblos. Panamá no es un paraíso fiscal porque el gobierno del PSOE lo decidió así en 2011. El gobierno del PP firmó en 2013 con el de Panamá un convenio para luchar contra la delincuencia en el que se excluían justo los delitos económicos, especialmente el de blanqueo de capitales. Casualmente eso coincidía con que las constructoras españolas que financiaban ilegalmente al menos al Partido Popular recibían el encargo de construir el nuevo Canal de Panamá: nuestros gobernantes y reyes se afanaban en mostrar que ellos habían sido muy útiles para conseguir tal adjudicación.

Unos pocos se forraban, una minoría evadía impuestos y las instituciones de todos trabajaban para favorecerlo.

El entramado de intereses de la minoría orquesta un sistema para facilitar el saqueo que nos arruina a la mayoría. Lógicamente la minoría cultural que se beneficia del tinglado genera un discurso público según el cual todos somos beneficiarios del bienestar del 1% y quien defienda al 99% sólo trae pobreza, sufrimiento, dictadura y lo que sea menester. Mario Vargas Llosa y Bertín Osborne no tienen la cabeza amueblada igual, pero parece que el billetero sí. Y lo que el billetero une en la tierra no lo separa ni Dios en el cielo. Los dardos políticos de estos dos seres humanos se dirigían, lógicamente, en la misma dirección.

Claro que existe una casta privilegiada que ha pervertido la democracia poniendo las instituciones al servicio de la minoría. Ese 1% controla gobiernos, medios de comunicación, empresas, bancos… De eso va la pelea entre el cambio político y el inmovilismo: de que siga gobernando la casta o empiece a gobernar el pueblo, que vivamos en una democracia digna de tal nombre.