Cuando leí la última tanda de insultos de Félix de Azúa (no sólo contra la «vendedora de pescado» Ada Colau sino también contra quienes no voten a Ciudadanos, que «deben de estar borrachos») tenía demasiado presente «La desfachatez intelectual», el libro de Ignacio Sánchez-Cuenca que acaba de sacar La Catarata y que me había devorado esta Semana Santa. El libro está dedicado precisamente a ese grupo que comanda la intelectualidad moderada de centro reformista y constitucionalista y que, pese a esa pátina de moderación e intelectualidad, resuelve tan frecuentemente cualquier juicio político a base de insultos y desprecios demasiado contundentes como para ser argumentados.
El libro de Sánchez-Cuenca muestra numerosos ejemplos de esa desfachatez intelectual de las que estos insultos de Azúa son una mera manifestación (algo así como el suceso previsto por una teoría que sirve para corroborarla). Sin embargo, no estoy del todo de acuerdo con la (seductora) teoría que maneja Sánchez-Cuenca en el libro. En él viene a explicar que nuestro panorama opinador está dominado por literatos que, por serlo, se exigen más en lo formal que en lo material y por tanto ponen más adorno que argumentación en los textos. Viene a demandar argumentaciones más académicas, esto es, más rigurosas aunque perdieran con ello estética.
No dudo que tenga algo de razón Sánchez-Cuenca: ha hecho especial daño en nuestra élite opinadora la tradición ensayística de Ortega y Gasset, un hombre cuyos libros da gusto leer, pues escribe muy bien, aunque cueste extraer de ellos las ideas novedosas y deslumbrantes que justificarían el culto que se le profesa. La idea más constante de su pensamiento es un elitismo frente a un pueblo-masa no ya despreciable sino temible y peligroso, tan difícil de conciliar con la democracia. Y tal idea sin duda está muy presente en este grupo como expone muy bien Sánchez-Cuenca.
Sin embargo, hay un par de elementos que permiten cuestionar que esa sea la causa de esa cultura del desprecio por quien se sale de las tesis más conservadoras, esa posición inquisitorial al que le basta el insulto (ya sea «hereje» o «imbécil») para despachar a quien cuestione el dogma trasciende de los opinadores.
En primer lugar que algunos de ellos sí son académicos: desde el catedrático Fernando Savater (que sólo consideró el 15M como «tontómetro» y aprovechó el 11M para insultar al cine español y el No a la Guerra por cómplice con las bombas) al ex diputado de UPyD, profesor universitario y agresivo insultador hasta el hastío Carlos Martínez Gorriarán (¿qué tiene UPyD y Ciudadanos para atraer este discurso tan despótico y presuntuoso en nombre, eso sí, del liberalismo ilustrado tan antagónico a esas prácticas ‘intelectuales’?): que no sean profesores de ciencias (sociales o naturales) sino de Filosofía no debería ser la razón si uno piensa, por ejemplo, en Ángel Gabilondo, con quien uno puede discrepar pero a quien nunca se ha escuchado usar el insulto o el desprecio como instrumento retórico. El propio Sánchez-Cuenca termina el libro refiriéndose a algunos profesores de Economía de opiniones con tan poco sustento como la de algunos de los más estilistas literatos. No faltan, además, los escritores cuyas opiniones son formalmente mesuradas (incluso algunos cuyos contenidos tienden a ser críticas radicales pero nunca con insultos) y suelen buscar datos y líneas argumentales sólidas: quizás, precisamente, porque saben que el pensamiento heterodoxo necesita mucha más solidez que aquel que se inscribe en el dogma adulado por el poder.
En segundo lugar porque es injusto reducir esa actitud autoritaria y prepotente al colectivo opinador. En nuestra política, por ejemplo, hay un puñado de dirigentes (supuestamente jubilados en su mayoría) que difícilmente exponen una opinión diferente del mero desprecio a los imbéciles que no recogen su obra como una joya que sólo debe ser admirada, cuidada y sobre todo conservada. No faltan también grandes empresarios que comparten esa actitud intelectual, aunque suelen ser más discretos seguramente por tener instrumentos más eficaces para imponer sus criterios.
Hace algunos años escribí un artículo titulado «La generación prepontente» a raíz de opiniones de esa ralea emitidas entonces por José Bono (que no es, creo, sospechoso de ser un intelectual). Atribuir, como hice, a un grupo el carácter de generación tiene el problema de que parece aludir a un criterio de edad en vez de a una cuestión de vivencias compartidas, de trayectoria vital conjunta: este es el énfasis que sobre este grupo hace en un recomendable artículo hoy Íñigo Sáenz de Ugarte.
Igual el ejemplo mejor es el de los quintos, que no sólo eran básicamente de una misma generación sino que habían hecho la mili juntos. En este caso la mili de la que se sienten compañeros es la gran obra, el gran dogma, la gran joya: la Transición. Uno de los hallazgos del relato de la Transición fue el generacional: los jóvenes de los 70 rompían con la cultura de enfrentamiento de sus padres, se entendían y mostraban la altura intelectual, conciliadora y democrática que había faltado a sus belicosos padres. Ese relato era injusto pero podía ser útil. Hoy esa conciencia generacional contra los padres se da la vuelta y se vuelve contra los hijos no dóciles: unos imbéciles dispuestos a ponerlo todo en juego, indocumentados que no saben lo que es sacar las castañas del fuego y que, en resumen, son como sus abuelos, los padres de este grupo y vuelven a un caínismo guerracivilista. Lo curioso es que la posición de los doctos defensores de la moderación y el acuerdo usen tanto insulto y altanería y tan poca seducción y argumentación.
El insulto y la prepotencia intelectual hace, por ejemplo, que no tengan que explicar más que con brocha extremadamente gorda fenómenos que no entienden como el 15M, la crisis económica e institucional o el nuevo panorama político: lo que rompe sus moldes es propio de imbéciles (el tontómetro de Savater) o de borrachos (el sesudo análisis electoral de Azúa).
Efectivamente no es una generación en sentido cronológico en primer lugar porque no toda la gente de su edad es igual. Hemos visto gente muy mayor debatiendo, entendiendo lo que pasaba y bajando a discutirlo respetuosamente, sin que nadie pudiera encontrar un insulto. Alguno de ellos, como José Luis Sampedro tan académico -economista- como literato -novelista-, por cierto. También porque no son pocos los jóvenes (en sentido laxo) que quieren heredar la batuta sacerdotal de la conservación del orden político, económico y cultural vigente. Romper con esa cultura dogmática tan nociva exige que quien lo consiga no lo haga en nombre de una generación en sentido cronológico.
El cambio en el país no sólo vendrá de cambios institucionales imprescindibles sino también de una cultura más nieta de Machado (una cultura política que busque la verdad la diga «Agamenón o su porquero», que no desprecie cuanto ignora) que del elitismo de Ortega. Nos falta un trecho para ello. Pero probablemente pataletas como la de Azúa sean la mera respuesta desesperada de quien sabe que ya no marca la pauta de lo aceptable. Así sea.
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