Noche del viernes al sábado. Corre de whatsapp en whatsapp y pronto de periódico en periódico una noticia indignante. En una obra de títeres dentro de la programación infantil del Carnaval los artistas han aprovechado para sacar una pancarta en la que ponía Gora ETA. La astracanada (segunda acepción) era tal que no falta quien sospecha que un comportamiento así sólo tenga como explicación un infiltrado o un provocador que quiera joder al ayuntamiento buscando la anécdota que una oposición especialmente carnavalesca pueda agigantar y deformar, como efectivamente hizo, para enfrentarse a un Ayuntamiento atacado por lo tangencial para que no se noten los muy positivos cambios estructurales en la ciudad.
Pronto se va aclarando que el relato inicial no tiene demasiado que ver con lo que realmente pasó. Por un lado, la pancarta forma parte de una ficción. Unos personajes colocan la pancarta (en la que no pone exactamente Gora ETA, pero eso es lo de menos) encima de una persona aturdida para poder acusarle de apología del terrorismo. Por el otro esa pancarta es lo menos relevante de un espectáculo, cuentan, basado en provocaciones chuscas de todo tipo que no convierten el espectáculo en enaltecimiento de nada sino sencillamente en algo impropio de un festival municipal que debe garantizar cierta calidad en lo que programe: no es que no fuera propia de un espectáculo infantil (siendo esto una obviedad difícilmente discutible) sino que, si era tal como lo cuentan, no parece muy razonable programarla en un festival municipal carnavelesco. Ambas cosas (que no hay enaltecimiento y que la representación tenía varios contenidos inaceptables en una programación de este tipo) sólo las sé por lo oído: no he visto la representación y me da la impresión de que, en eso, soy una ínfima minoría. Unos padres denunciaron lo que estaban viendo: llamaron a la policía municipal y conforme al protocolo policial ésta puso el caso en manos de la policía nacional.
Obviamente ningún concejal tiene la obligación de ver previamente todo lo que se programa en su ciudad y menos en una ciudad del tamaño de Madrid. Sin embargo, los programadores de cada ciclo sí tienen que garantizarse que alguien lo ha visto, como los programadores de teatros saben qué obras contratan. Es la única forma de tener un criterio artístico y cultural sobre lo que se programa. No fue el caso y por eso se cesó inmediatamente a quien tenía esa obligación.
Obviamente también nadie presenta una obra como representación para todos los públicos de buena fe. Pueden pensar que es una crítica inteligente al poder o lo que sea, lo que es imposible que pensaran es que correspondía a una programación de tipo familiar y esa es la denuncia que presenta el Ayuntamiento: en ningún caso la de enaltecimiento que es la que han puesto en marcha un juez y un fiscal.
Obviamente, de nuevo, la maquinaria de propaganda del partido de la oposición se puso en marcha: decenas de disparates de Cifuentes, Esperanza Aguirre y sus marionetas de Ciudadanos y de la prensa libre (LOL) explicando que el Ayuntamiento inculca a los niños la pasión por el coche bomba. Eso está descontado. Es la misma vergonzosa adaptación cañí del tea party que acusaba a Zapatero de ser cómplice de ETA, haber organizado el 11M y traicionar a los muertos.
Con ser vergonzoso eso ya está digerido. Es lo que hay y hacer una oposición bochornosa que use electoralmente el sufrimiento de tantos años para arrojarlo contra quien no tiene ninguna responsabilidad en él es bochornoso, pero es legal. Como hacer representaciones teatrales del tipo que sea. O como mentir responsabilizando al Ayuntamiento del encarcelamiento de los titiriteros. Le guste o no a uno, tiene que convivir con ello. Y es mejor tener que convivir con ello.
Con lo que no se tiene que convivir es con un aparato judicial que se sume a la campaña y pida (el fiscal) y conceda (el juez) la prisión provisional por enaltecimiento del terrorismo contra los titiriteros. Eso es poner los aparatos del Estado y particularmente el poder judicial al servicio de una turbia campaña de partido y hacer pagar el pato por ello a dos personas que, por mucho que no tuvieran que haber hecho esa representación en ese foro, no tendrían que estar en prisión bajo ningún concepto. En toda sociedad que haya superado la inquisición hay una distancia sideral entre que algo nos desagrade profundamente y que haya que meter en prisión a quien hace algo que nos desagrade. Y mucha más si se trata de prisión provisional (¿cuál es el riesgo? ¿que hagan otra representación de títeres? ¿ese riesgo es proporcional con tener en la cárcel a nadie?). Uno no es partidario siquiera de encarcelar a locutores que anuncian que si tuvieran una pistola dispararían contra los diputados del partido que no le gustan: uno es partidario de explicar que ese tipo es un miserable impresentable financiado con dinero negro del PP, eso sí. Quienes se proclaman liberales son quienes mejor tendrían que simular defender esto.
En resumen. Creo que hubo un error municipal en la programación de esa representación (de ahí el cese de los responsables efectivos de ese error) y en la compañía al presentarse para hacer unas representaciones que no eran acordes con lo que iban a representar. Ambas cuestiones no pasan de ser una gota bastante irrelevante en el conjunto de lo que pasa en una ciudad como Madrid. Dar el paso de la propaganda contra el Ayuntamiento por enaltecimiento o por haber llevado a prisión a los autores de la representación es en muchos casos desconocimiento por información de brocha gorda y en otros simple y pura mala fe: en ambos casos, como la represenación, es rechazable, pero es parte del juego (cada cual tiene sus listones de lo que es decente y se los aplica). Los insultos y las mentiras son ya parte de lo que toca digerir por estar cambiando un paisaje de saqueo. Pero la escalada penal emprendida por quienes deberían servir sólo a la ley (fiscal y juez) es un disparate ilegítimo que nos lleva a una sociedad mucho peor y menos libre que una en la que tengamos claro que hay comportamientos que nos parezcan muy desagradables e incluso repugnantes que no por ello deban llevar a la cárcel a nadie. Esa es la única parte que excede con mucho de lo anecdótico, la escalada de una justicia de partido que no duda en meter en la cárcel a quienes en ningún caso deberían estar ahora mismo más que en su casa.