No teníamos ni idea, pero resulta que el número 7 de la candidatura de Cifuentes llevaba un tiempo imputado por prevaricación. Declaró en el juzgado el 20 de mayo, cuatro días de las elecciones. Y menos mal que no nos enteramos porque si eso llega a saberse y el PP hubiera perdido un puñadito escaso de votos habría peligrado la suma automática PP+ Ciudadanos: suman mayoría por sólo un escaño.
Al conocer la imputación de Álvaro Ballarín, que así se llama el 7, hubo una rápida escenificación: Cifuentes dijo que si era cierto que estaba imputado, se tenía que ir; Ciudadanos dijo que si era cierto que estaba imputado y no se iba no negociaba con el PP. Y fuera de la escena, la empresa denunciante llegó a un acuerdo (cuyo contenido desconocemos) y retiró la querella y la jueza archivó el caso. Asunto resuelto. El famoso «volquete de putas» de Granados era para celebrar que alguien había declarado ante el juez lo acordado en cualquiera de los incontables casos que el PP de Madrid tiene por todos los juzgados.
Ya se anuncia que el lunes inician los contactos entre PP y Ciudadanos para un acuerdo de investidura. La regeneración de Madrid, parece, era poner una cabeza de caballo en la cama de los querellantes o en el mejor de los casos invitarlos a un volquete de putas. Llegar a un acuerdo, vaya. Si hay acuerdo, no hay saqueo.
El problema de Madrid no es el de un imputado en la Asamblea, ojalá. Madrid ha estado trufado de tramas mafiosas (la alusión a la mafia para lo que ha pasado en Madrid fue asumida por la propia Esperanza Aguirre). Madrid ha sido el epicentro de la Gurtel, la Púnica, los espías, las radiales a rescatar, Cajamadrid-Bankia, los concertados a cambio de 900.000 euros. Esas mafias han generado un saqueo social (sanidad, educación, agua) y democrático (tamayazos, licencias TDT, Telemadrid). Es un entramado estructural. El PP de Madrid, como el del País Valenciano o el de Baleares con Matas es uno de los tinglados donde esa «organización criminal» que señalaba ayer un auto judicial tiene unos límites más cercanos a los del propio partido.
Las urnas madrileñas han dejado un mapa un poco abierto. Puede ser investida Cristina Cifuentes para un gobierno del PP o puede ser investido Ángel Gabilondo para un gobierno del PSOE. Ninguna de las dos es mi opción. Ojalá hubiera habido una mayoría absoluta de la lista de Podemos en la que estábamos quienes apostábamos por un cambio sustantivo político y social en Madrid. Pero el resultado es el que es: dar una capita de pintura a la organización que ha saqueado Madrid, que no ha denunciado a uno sólo de sus corruptos como si nadie ahí dentro tuviera ni idea (o más bien como si nadie de los muchos que deben de saber cosas tuviera la menor intención de limpiarlas) o al menos sacar del gobierno a los protagonistas del saqueo. No habrá el cambio que hubiéramos deseado porque no hemos logrado un vuelco en las urnas del tamaño necesario, pero sí tenemos la posibilidad de desalojar el régimen corrupto y caciquil que han supuesto estos años del PP de Madrid.
Un cambio de gobierno permitiría forzar, al menos, una comisión de investigación sobre las tramas que han saqueado Madrid y la democratización de Telemadrid (es decir, su resintonización en miles de televisores)… salvo que Ciudadanos decida mantener al PP en el gobierno.
Ciudadanos pinchó el 24M. Tuvo un buen resultado pero no el que nos habían contado. Lejos de quedar como uno de los cuatro partidos de gobierno quedó como un partido bisagra en comunidades y ayuntamientos, lo cual no es poco salvo que lo usen para confirmar las peores sospechas. Durante la campaña renegaron de ser una «marca blanca» del PP. Querían presentarse como una opción de regeneración democrática frente a la corrupción. Si en Madrid, donde la cultura mafiosa vertebra al PP, dan el gobierno al PP el pinchacito del 24M será sólo un aperitivo con lo que recibirá Ciudadanos en noviembre. Por muy aseada que les haya quedado la escena que hemos visto son el (des)imputado Ballarín.