Casi todas las personas que aspiramos al cambio contemplamos 2015 como la final de un gran campeonato. 2015 puede ser el año del cambio si todo sale bien. Pero 2015 también puede ser el año de la consolidación del régimen del 78. Si las fuerzas políticas que sostienen este ciclo reconvierten su agonía en una mera gripe tendrán vida para veinte o treinta años. Las finales se ganan o se pierden. Cabe incluso empatarlas y obtener una prórroga o como antiguamente un partido de desempate a cuyo final, de nuevo, o se ha ganado o se ha perdido. Eso es lo que ocurrió en Grecia hace un par de años: un empate en forma de inestabilidad institucional que trajo el cambio al poco tiempo. Esas son las tres posibles metas de 2015: que ganemos e iniciemos el cambio, que perdamos y se consolide el saqueo o que empatemos y se prorrogue la pelea por un breve tiempo más.

Andalucía nos da alguna pista de las dificultades que va a haber para ganar e incluso para empatar. Probablemente una de las razones por las que Podemos está en condiciones de protagonizar el cambio es que en la noche de las europeas lejos de felicitarse dijeron que seguía gobernando el PP y que por tanto no había razones para estar entusiasta. Lo mismo cabe decir de las elecciones andaluzas. El PSOE ha sido castigado electoralmente (pierde muchos votos) pero con poco más de un tercio de los votos está cerca de la mayoría absoluta. No cabe lloriquear la ley electoral sino tomar nota de que es una de las dificultades y afrontarla porque en las generales se multiplica esa trampa.

Si lo que queremos es ganar la final el resultado andaluz no es positivo. Podemos está operando algo parecido a un milagro político: en un año le estamos pidiendo que dispute a los partidos del régimen y a todo su aparato institucional, mediático y financiero el poder. Pero la oportunidad es ésta, posiblemente no haya otra, así que tenemos que poner toda la audacia e inteligencia y correr los riesgos necesarios para que el cambio se produzca.

En un año Podemos ha pasado a sufrir los ataques del poder y los muchos más que vendrán. El cambio apenas goza de una importante estructura de comunicación que han ido tejiendo los promotores de Podemos pero sobre todo la que ha tejido la sociedad civil al margen de los grandes poderes mediáticos. También demostró Podemos en la manifestación de enero tener un músculo social importantísimo. Le falta, claro está, una organización a la altura del reto (estoy convencido de que esa será su tarea en 2016). Pero también le faltan miles de cuadros militantes que no están en Podemos y posiblemente no lo vayan a estar a corto plazo: esos militantes y activistas que junto a los de Podemos forman lo que Manolo Monereo llama «el Partido Orgánico de la Revolución Democrática».

Muchos de esos cuadros están encontrándose en los «Ganemos». En Madrid capital, por ejemplo, es especialmente claro que todos los actores rupturistas se están encontrando en un proyecto municipalista de un calado hondísimo: ahí va a estar una de las gravísimas chinas en el zapato del inmovilismo.

Las andaluzas dejan también una grave señal para el cambio. Es una pésima noticia la situación en que queda Izquierda Unida. El resultado en número de voto (casi el 7%) es menos crítico de lo que hace ver el número de escaños. Pero es Andalucía, la federación más fuerte de IU, que ha contado con el motor de un magnífico candidato, Maíllo, de todo el empuje de Alberto Garzón e incluso de la vuelta a los mítines de Anguita. El formidable tejido organizativo de IU en Andalucía hace temer lo que significa este resultado en el resto de España. Y eso, más allá de lo que a cada uno nos afecte emocionalmente por nuestra biografía, es un drama porque supone desperdiciar una monumental energía para el cambio.

Izquierda Unida tiene un drama que está pagando duramente. Estamos en un momento de crisis de régimen (que IU supo ver y teorizar) pero esa crisis de régimen la atraviesa (y es la única fuerza política a la que atraviesa) porque cuenta aún con algunas direcciones que forman parte de esa cultura política (y en algunos lugares incluso de las tramas que la sustentan): mientras todaa los demás organizaciones están unitariamente a uno u otro lado, la batalla entre el cambio y el inmovilismo también se disputa en IU para desgracia de todos. Es la única organización en cuyo seno están ese Partido Orgánico de la Revolución Democrática y gente con poder que lo combate. Y cuando esa es la batalla real, es difícil que se salde con compomendas ni mirando hacia otro lado.

Será muy difícil que haya cambio si no somos capaces de reconfigurar el mapa político del cambio: no sobrará ni un actor de cambio. Si algo demuestran las andaluzas es que urge la valentía y la inteligencia e incluso el sacrificio para hacer de ese abstracto Partido Orgánico de la Revolución Democrática una realidad concreta. Si no lo conseguimos para el desarrollo de la final, ojalá sea posible conseguirlo para una prórroga que habremos de alcanzar.

La unidad popular no es sólo un bonito deseo romántico. Es una urgencia si lo que queremos es ganar para cambiar el país.