Nunca antes una campaña electoral había partido con más debilidad del bipartito. Nunca antes el resto de opciones electorales habían tenido más opciones de un buen resultado. Quizás por eso chirría más el repetido cierre de filas de los grandes medios por mostrarnos que sólo existen dos opciones muy diferentes entre sí [muy gracioso (involuntariamente, me temo) ayer El Intermedio convenciéndonos de que el candidato de los socialdemócratas, Martin Schulz, se opone mucho a las políticas de Angela Merkel y que por eso ahora que gobierna en coalición con ella le ha obligado a girar a la izquierda]. Y quizás por eso avergüence un poco más el tipo de campaña que estamos viendo: no la que está habiendo, sino la que vemos, la que sale en informativos, la que cuentan en las tertulias, la de Cañete y Valenciano.

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Puede que me equivoque pero tiendo a pensar que en 2014 un paseo por el mercado fotografiándose haciéndose pasar por una persona normal rodeada de cámaras y dándose abracitos complacientes con ancianos no genera votos sino sólo vergüenza ajena. Quizás hace unas décadas funcionara, pero ¿de verdad piensa alguien que esa imagen aporta algún valor positvo electoral a la campaña?

En el otro lado de la escena aparece Cañete de ruta gastronómica: va Cañete a Mallorca (supongo que es Mallorca) y se hace una foto tomándose una tostada con sobrasada. Debe de estar muy orgulloso de la foto, porque la subió a su cuenta de twitter y alguien «firmó» la foto para que no quepa duda de que el autor es el propio Cañete. Y es que Cañete come cosas: si va a Mallorca, sobrasada, si va a Cantabria, anchoa… No se conoce nada más del candidato que su aprovechado paladar y la pachorra con que despacha los mítines con tono de cuñao que lo arregla todo en dos patás.

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No soy un ingenuo y sé que las campañas electorales no pueden ser una gira de conferencias en los ateneos locales. Incluso esas fotos podrían tener su valor político. Si Cañete en vez de comer todos y cada uno de los productos locales de su gira se centrara en productos que están perseguidos o limitados por la UE, las fotos tendrían un mensaje político (como lo tuvo aquel ¡Viva el vino! de Rajoy). Si Elena Valenciano fuera a un mercado que un gobierno quiere derruir para poner una gran superficie, habría mensaje político.

Pero la cosa es mucho más rancia: es montar una escena propia de las campañas electorales de hace décadas, cuando todos teníamos el ojo mucho menos entrenado para detectar naderías o cuando una nadería tenía que rodearse de mucho más para llamarnos la atención: superada la época de Gran Hermano, para que una imagen de estas impacte un poquito el candidato tendría que estar saliendo de la ducha o algo así. En general somos menos impresionables que hace unos lustros; en particular algunos (a quienes no se dirige este tipo de campaña) somos más avergonzables.

Debe de ser difícil hacer una campaña en la que parezca que dos opciones son radicalmente distintas, que son las dos mitades que componen el mundo… cuando la realidad (y muy especialmente la realidad europea) es que comparten un universo y sólo se distinguen en detalles periféricos: a veces importantes, pero nunca centrales. Por eso hay que soltar mucho eslogan sin contenido y muy poca política, ni siquiera eslóganes políticos. Si el candidato del PSOE a presidir la UE felicita a Rajoy por su política económica ¿qué campaña política va a haber que muestre el abismo que separa a PP y PSOE en estas elecciones?

canetecocheSupongo que las fotos de la sobrasada y el mercado tienen como intención que pensemos que esta gente es como nosotros, que tienen nuestros vicios (ponerse morados) y nos los podemos encontrar en la compra (pese a que la mayoría de la gente compra en supermercados aunque quede mucho más feo en la foto). Pero uno tiene la esperanzada sospecha de que ya no cuela. Posiblemente casi nadie esté al tanto del gran patrimonio empresarial de ese hombre que se pone morado como querríamos hacer nosotros si nos fuéramos de excursión como él; no sabemos que esta foto de la izquierda es mucho más cotidiana que ponerse tibio de tapas fuera de un restaurante de lujo. Pese a ello, uno tiene la esperanza de que mucha gente lo que sienta es indignación ante la desenfadada gira gastronómica de este tipo tan campechano mientras la gente va contando los euros que se ahorra dejando de tomarse hoy una caña con los amigos. Aunque sólo sea porque cada vez es más fácil que un compañero de trabajo, de estudios o un familiar le recuerde que hay otras opciones que esta pareja de nadas. Optimista que es uno.