espectáculo.(Del lat. spectacŭlum).
1. m. Función o diversión pública celebrada en un teatro, en un circo o en cualquier otro edificio o lugar en que se congrega la gente para presenciarla.
2. m. Conjunto de actividades profesionales relacionadas con esta diversión. La gente, el mundo del espectáculo.
3. m. Cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles.
4. m. Acción que causa escándalo o gran extrañeza. Dar un espectáculo.
Hay pocas críticas más groseras a un acto político que calificarlo de «espectáculo». Todo en la política que se hace pública es espectáculo. Espectáculo del orden, cuando vemos una solmenidad impostada, ovaciones a discursos inanes, festivales de corbatas, discursos mentirosos. No sólo para mal: la solemnidad sincera, el entusiasmo real, los discursos más graves e importantes… hay que escenificarlos para que sean creíbles. Que los varones de izquierdas tengamos más barbas que los de la derecha es una forma de escenificar. Que nuestros discursos sean interesantes, osados, irónicos, deliberadamente aburridos y planos, que los leamos o los recitemos casi de memoria o prefiramos improvisar a partir de unas notas forma parte de cómo escenificamos nuestro discurso, nuestra carencia de él, lo que sea. Toda nuestra relación con otros usa formas, unas u otras, escogidas porque son las que se espera de una relación concreta o por dirigir o difuminar la atención. Y no hay mayor expresión de la relación con los otros que la política.
Toda nuestra comunicación política es espectáculo. No decimos lo mismo ni de la misma forma en twitter que en una tribuna ni que en un artículo más extenso. Tampoco usamos las mismas palabras en la cuenta de twitter de una organización que en la personal aunque pretendamos decir lo mismo. Escenificamos de forma diferente porque la transmisión de lo mismo es eficaz de distintas formas en función del lugar desde el que se dirija el mensaje, de quién a quién, en qué momento, en qué canal.
Todo ello es una obviedad. Quien no esté pensando cómo escenifica o tiene un sorprendente talento natural o está comunicando mal, esto es, no está consiguiendo que sus ideas lleguen a otros, paso imprescindible para que convenzan: por prudencia uno debería suponer que no necesariamente tiene tal talento.
La tercera acepción de «espectáculo» evidencia que toda expresión de lo político es espectacular: un espectáculo bueno o malo, honesto o fraudulento, entretenido o aburrido, seductor o irritante… pero espectáculo, claro que sí. Bertold Brecht hacía espectáculos; Leni Riefenstahl también; y Santiago Segura. Eso no es malo ni bueno, es consustancial a la comunicación humana. La clave es si se trata de comunicar algo positivo para la comunidad política y (secundariamente) si el espectáculo es eficaz para transmitirlo.
Hablamos de política espectáculo cuando esa escenificación se sale de los cauces de orden. Es algo paralelo a esas acusaciones de determinadas huelgas, manifestaciones, convocatorias… de estar politizadas: toda organización de lo colectivo es política, cuando se «acusa» de politización lo que es está diciendo es que tiene una orientación política contraria a una supuesta neutralidad, esto es, lo hegemónico, lo que pasa desapercibido, ese sentido común que Gramsci situó siempre del lado del poder.
Nadie denunció la «política espectáculo» cuando Zaplana acusaba a Zapatero de haber montado el 11M y después se daban la mano tan amigos con tantas risas: demostraban que aquellas acusaciones de crímenes eran una mera interpretación teatral que ni uno se creía ni al otro le afectaba tanto ¿Quién sería así de efusivo con quien le acusa de criminal, quién se echaría esas risas con el responsable de 192 asesinatos?
La corrección, la discrepancia impostada, las corbatas y los besamanos son un espectáculo. La incorrección y la discrepancia real también hay que escenificarlas, preferentemente con códigos discrepantes, saliéndose del escenario propuesto por el poder: ese escenario en el que no hay enemigos sino rivales electorales diferenciados por la gomina o la pana, en el más estravagante de los casos con la ausencia de corbata.
Resulta muy difícil mantener unas formas de orden que realmente transmitan creiblemente una ruptura con el orden. En la memoria que uno tiene sólo Anguita lo consiguió, pero lo consiguió sobre todo en sectores más o menos ilustrados, no tanto en capas populares.
David Fernández no es el primero en romper los códigos de orden. Beiras también lo hace y también le llaman de todo. De otra forma Alberto Garzón rompe las formas ordenadas llamando criminal a quien lo merece. Cada uno de estos tres ejemplos son distintos porque los tres rompen las formas de orden de una forma propia, no intercambiable porque lo hacen de una forma honesta, sin impostar que son lo que no son.
No existe la política no escenificada. Cuando renegamos del «espectáculo» que dan algunos para expresar ideas fuera del orden o bien estamos renegando de esa ruptura con el orden de fondo o bien aspiramos a que tales ideas sean hegemónicas desde nuestros ateneos. Algo que nunca consiguió nadie. Allí donde se cambió el orden del fondo, se empezó rompiendo el orden de las formas. ¿Fue política espectáculo la alusión de Chávez al olor a azufre de Bush en un discurso gracias al cual se multiplicó la lectura de libros de Noam Chomsky en EEUU?
De lo que se trata es de romper el orden político que ampara el (des)orden económico. Allí donde se consiguieron rupturas fue siempre rompiendo también con las formas comunicativas del poder. De eso se trata. No de escenificar o no, que eso es tan inevitable como politizar lo colectivo, sino de que las formas por las que optemos contribuyan a la ruptura del fondo. Quien conozca un lugar donde se alcanzara una ruptura política sin romper con las formas comunicativas que tire la primera sandalia.