Desde hace tiempo la agenda política de la izquierda incluye la puesta en marcha de un proceso constituyente. Es la reacción lógica de quienes constatamos la quiebra del Régimen de la Transición y reivindicamos la necesidad de transformar la sociedad. El discurso constituyente se topa con dos muros. Uno de oposición política por parte de quienes se han mantenido bien colocados en la lógica de la Transición, que se aferran a su mantenimiento con correcciones inevitables o que ahora pretenden que su quiebra se circunscribe al modelo territorial. Contemplan, con cierta razón, la propuesta constituyente como aquel harakiri de las cortes franquistas pero sin red sobre la que dejarse caer.

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