Ha generado bastante ruido la idea de Adif de empezar a cobrar por ir a los lavabos de la Estación de Atocha. Posiblemente a quienes menos nos haya sorprendido es a los madrileños. Hace un par de años estuve de viaje en París. No diré que fue lo que más me sorprendió, pero sí me llamó mucho la atención un estupendo sistema de baños públicos que hay por la ciudad: uno entra, hace lo que tenga que hacer e indica si tras su paso el lavabo necesita una limpieza normal o intensa; al salir se cierra la puerta y en un minuto se limpia automáticamente el lavabo para que lo use el siguiente. Todo ello gratis, sin echar ni un céntimo.
Cuando era pequeño en Madrid había lavabos públicos. Ya no, en ningún sitio. Si no recuerdo mal la excusa que se usó para quitarlos fue que se usaban para pincharse heroína y que acababan llenos de jeringuillas. Cualquier excusa hubiera valido.
Lo cierto es que hay pocas cosas que en Madrid se puedan hacer sin pagar. Recuerdo una vez que había quedado en Sol y llegué media hora antes de la cita. Intenté buscar un banco para sentarme y estar leyendo esa media hora. Imposible. El único banco que había gratis era el de las paradas de autobús. Por el resto de la ciudad hay cada vez menos bancos: quien quiera sentarse que entre a un bar y consuma. Así, de paso, puede mear.
La privatización de la ciudad también es eso.
En el último año el Ayuntamiento ha decidido extender la imposibilidad de hacer lo que sea sin consumir al propio caminar: allí donde haya un metro cuadrado libre de acera ha brotado una terraza de bar. No seré yo quien reniegue de que haya terrazas o chiringuitos, pero igual se podría admitir que haya quien quiera la acera o la plaza para pasear, jugar o hablar. Gratis, quiero decir.
Sabemos que no les importa un carajo que la ciudad pueda ser un espacio público en el que lo primero sea el bienestar, la vida buena y cómoda de los vecinos. Pero quizás esto sea incluso contraproducente en cuestión de negocios.
En su descacharrante análisis sobre la pérdida de turismo de Madrid la Comunidad explicó que había demasiadas manifestaciones y algaradas. Descartado ese factor tan imbécil sí sé que como turista que soy cuando puedo (y turista turista: de los de sandalias y gorrito) una de las cosas que me hacen recomendar viajes es que me traten como a una persona, no como a un portamonedero. Por eso recuerdo y comento con agrado los lavabos gratis de París, los museos gratis de Londres y recuerdo con desagrado cómo en Praga me intentaban sacar más dinero por una tapa que no había pedido que por la consumición cuyo precio venía en la carta.
En Madrid uno puede tomar una relaxing cup of café con leche, pero no puede pasear a su aire, descansar cuando le apetezca, asearse un poco sin pagar, visitar un par de exposiciones sin vaciar el billetero. Para los madrileños eso es jodido, pero uno se acostumbra. Pero el turista que entre en Atocha y vea que no puede ni mear sin sacar el billetero tendrá una tarjeta de presentación de la ciudad de lo más hostil. Pero muy honesta.
Tú no lo has dicho pero si me permites te lo voy a añadir yo: dentro de poco, no queriendo pagar por desahogar la vejiga, hará lo propio en la calle. Con el clima de Madrid los efluvios van a ser muy, pero que muy agradables. Será tan desagradable, pero entonces tendremos más razón que nunca cuando decíamos aquello de que algo huele mal en Madrid.