Tiene su gracia que el gobierno español trate de ningunear la movilización de ayer en Cataluña diciendo que no eran 1.600.000 personas sino sólo 400.000. Incluso si el gobierno hubiera dicho la verdad por primera vez, ¿no entienden la importancia del despliegue que supone organizar a tal cantidad de gente en una cadena que recorra de punta a cabo Cataluña? ¿Son conscientes de que supone un inmenso compromiso difícilmente igualable y menos si lo que pide la movilización es una ruptura política?

El dontancredismo sólo le ha funcionado a Rajoy dos veces: una frente a Rato y Mayor Oreja gracias a la megalomanía de Aznar, que eligió al sucesor que vio más controlable; la otra frente al PSOE gracias al suicidio de éste (la entrega del pueblo español a la troika por el gobierno del PSOE) y para ese éxito le hizo falta perder dos elecciones generales viniendo de la mayoría absoluta. No se puede hablar de un éxito arrollador de la estrategia del sofá, copa y puro hasta que el incendio se apague.

El incendio de Cataluña es de una hondura tal que no es que el dontancredismo esté condenado a fracasar; es que uno duda (mucho) de que no sea ya demasiado tarde. Tras años de desprecios, insultos, tras la agresión fascista de ayer en Blanquerna, la negación de la voluntad popular… da la impresión de que la voluntad decidida y mayoritaria de construir un nuevo Estado por parte de una amplia diversidad de catalanes es ya imparable, que se ha superado un punto de no retorno. Entre otras cosas porque esta voluntad social no es, como se intenta presentar en Madrid, un invento de Más, sino que más bien Más se ha visto engullido y superado por una apuesta que nunca fue la suya (él quería un pacto fiscal, más pasta para seguir administrándola injustamente).

Gerardo Tecé CataluñaYo estoy como (el gran) gerardo tecé en este tuit. Respeto profundamente al pueblo catalán y su voluntad, pero me daría mucha pena que optasen por abandonar al resto de (la actual) España. El panorama de una España post-independencia catalana se presenta gris oscuro, muy oscuro, como una vuelta a 1898 sin más horizonte colectivo que la melancolía y el resentimiento. A más melancolía y más resentimiento.

Ante una crisis tan profunda y con tantas caras como la que vivimos en el sur de Europa el pueblo catalán ha encontrado una ilusión colectiva, la ilusión colectiva que en el conjunto de España no se ha encontrado aún salvo en grupos relativamente pequeños de activistas e intelectuales (muy pequeños comparados con Cataluña entre otras cosas por las sorderas voluntarias de agentes políticos y sociales españoles). Decía ayer un amigo que «o nos tomamos en serio la necesidad urgente de un proceso constituyente o de España no van a quedar ni las raspas» y llevaba toda la razón.

La crisis catalana fue junto con la crisis de la memoria histórica el primer síntoma del fin del ciclo político de la Transición. Antes de la crisis económica aparecieron ya estos síntomas de crisis política con el cierre en falso del nuevo Estatut contra la voluntad pacífica y democrática de los catalanes. Quien piense que todo esto se va a arreglar dejando que pase el tiempo mientras nos fumamos un puro viendo la vuelta ciclista o las encuestas electorales nos condena a un futuro triste y mezquino.