Se acumulan conmemoraciones los 11 de septiembre. Antes lo eclipsaba todo el aniversario del atentado de Nueva York y Washington, pero desde que no lo usan para justificar las nuevas guerras pasa más desapercibido, casi ya no existe. Lo que hoy se conmemorará será la soberanía de los pueblos. No sólo la del catalán. Hoy se cumplen cuarenta años del golpe de Estado en Chile. Estados Unidos con sus grandes multinacionales decidieron que el camino chileno al socialismo decidido por su pueblo tenía que ser abortado. Y los militares felones ejecutaron el crimen. Fue un atentado contra el derecho de autodeterminación de los pueblos, de un pueblo que se había trazado un camino y al que no dejaron llevarlo a cabo.

El soberanismo no consiste sólo (aunque también) en trazar una línea fronteriza allí donde lo decida un pueblo. El mejor lema soberanista lo formuló Salvador Allende en su último discurso hace cuarenta años: La Historia es nuestra y la hacen los pueblos. Eso vale para Cataluña, pero también vale para España, para Portugal, para Italia… incluso para Alemania. Para quienes no vale esa definición de soberanismo es para esa élite política que ha saciado la sed de los mercados, del capital, sacrificando a sus pueblos: entre esa élite figura en un papel muy destacado Artur Mas, que no ha dudado en recortar derechos sociales y reprimir a través del infame Felip Puig a ese pueblo al que (¡hipócrita!) ahora dice querer liberar a lo Luther King. Y cómo no, los Pujol y su patrióticas cuentas suizas.

Cataluña, como cualquier pueblo, tiene derecho a definir su ser colectivo sin interferencias superiores. Es decir, el pueblo catalán tiene derecho (y casi diría la obligación) a gobernar su economía, sus instituciones políticas, su cultura… y también sus fronteras. Tiene derecho a castigar a quienes han saqueado a su pueblo llevándose sus fortunas generadas necesariamente desde lo público a Suiza. El pueblo catalán tiene derecho a sacudirse a esa élite mafiosa que contrata a Método 3 para espiarse entre ellos y saca las balas de goma para evitar que el pueblo les moleste impertinentemente. En esto no se diferencian demasiado del derecho (y casi repetiría la obligación) que tenemos el conjunto de los españoles, de los íberos, de los habitantes del sur de Europa.

¿Y a independizarse? Por supuesto que tienen derecho a construir un nuevo Estado si esa es la forma con la que creen que es más fácil alcanzar la soberanía: la independencia más que un ejercicio de soberanía puede (o no) ser un medio hacia la soberanía. Personalmente creo que es más bien al revés: que la independencia de Cataluña hoy dificultaría más que facilitaría la soberanía del pueblo catalán y de paso del español. Ya expliqué en otro apunte por qué lo creo y a él me remito.

Hoy en Cataluña mucha gente reivindicará que es el pueblo catalán el que debe hacer su Historia. Es la gente que rodeará La Caixa, que pedirá independizarse también de esas grandes empresas que machacan al pueblo catalán y al pueblo que tengan delante y que utilizan para ello al gobierno de Mas, de Rajoy, de Zapatero y de quien se tercie. Esos catalanes son necesariamente los nuestros, los que quieren que los pueblos construyan su historia. Incluso aunque en un aspecto (no menor, pero desde luego no el principal) podamos tener una discrepancia sobre cómo se cobran más poder los pueblos.

Incluso si llevo razón y la independencia de Cataluña fuera un error para quienes quieren la soberanía del pueblo catalán a nadie más que a los catalanes corresponde equivocarse o acertar, tomar las decisiones sobre su camino que consideren mejor. De eso va la democracia: de que los pueblos se gobiernan.