Ha llamado mucho la atención cómo muchos medios de comunicación están calificando a Rosalía Mera como multimillonaria de izquierdas. La mayoría de las cosas que sé de esta persona las he sabido tras su muerte y son muy pocas cosas, así que lejos de mí la voluntad de hacerle un juicio a favor ni en contra. Pero una de las cosas que está clara es que esta mujer era una de las propietarias de Inditex, empresa que trabaja con mano de obra esclava por medio mundo, que evade impuestos, etc. Se conoce la aportación de la señora Mera a varias organizaciones que podríamos calificar como filántropas y al parecer protestó contra los recortes en sanidad y educación, cosas, todas ellas, que son positivas por mucho que la defensa de la sanidad y la educación pública y de calidad es algo que no debería ser exclusiva de la defensa de los trabajadores: a los grandes empresarios con un poco de luces también les interesa trabajadores formados y sanos como al granjero le interesa que sus cerdos estén bien alimentados (con la salvedad de que a muchos les interese un sector productivo sin necesidad de formación con trabajadores poco cualificados y peor pagados; pero al menos les vendrá bien que estén sanos).

Sin embargo no se conoce que la señora Mera pidiera en ningún caso que la empresa de la que era cofundadora y copropietaria renunciara a la mano de obra infantil, a condiciones de trabajo nefastas o que en vez de tributar donde pudiera contribuir menos al bien común lo hiciera donde le tocara: de hecho habría contribuido más a la educación y la sanidad española si no hubiera usado SICAVs o si Inditex no se hubiera llevado ni un duro al fisco irlandés y hubiera ayudado a mantener (sin problemas de supervivencia) esa educación y esa sanidad.

Para quienes diferenciamos entre izquierda y derecha en función de si se lucha por la emancipación y contra la opresión o si se está del lado de los opresores hay al menos un lado en absoluto menor de la biografía de esta mujer (el lado empresarial, que es por el que era conocida: si sólo fuera una mujer que luchara por la sanidad y la educación pública y diera parte de su dinero a buenas causas su muerte habría sido tan anónima como la de miles de personas buenas) que la coloca en el bando de los opresores, al menos de los que oprimían a sus trabajadores de Bangladesh, según supimos tras la tragedia del incendio en una fábrica inhumana.

Pero desde hace tiempo la diferencia entre izquierda y derecha no está, para gran parte de la población, entre quienes oprimen y quienes luchan por la emancipación sino que son espacios más bien estéticos o incluso análogos a las aficiones deportivas: hay gente que es de izquierdas independientemente de lo que defienda como es del Madrid porque lo es, porque lo era su padre o porque Isco es de su pueblo. En buena parte del imaginario social la diferencia entre ser de izquierdas y de derechas es la que va de que te gusten Joaquín Sabina y Serrat a que te gusten Julio Iglesias y Raphael, un ámbito que tiene mucho más que ver con la estética que con las ideas políticas y, desde luego, que con la lucha por la emancipación. Una persona «moderna» tiene que definirse de izquierdas, que la derecha huele a caspa y sotana.

En origen los que luchaban por la emancipación se sentaban en la izquierda de la Asamblea Nacional, los partidarios de continuar con la opresión a la derecha. Ha calado esa idea de espacio más geográfico que político y la izquierda parece ser quienes se sienten a la izquierda, defiendan lo que defiendan, defiendan a quien defiendan. Por eso las gentes de izquierdas perdemos tanto tiempo aclarando que no tenemos nada que ver con el PSOE. Por eso, pese a las propuestas económicas liberalísimas de UPyD, sus votantes se siguen considerando a sí mismos de centro levemente hacia la izquierda. Por eso una persona con responsabilidad sobre la opresión brutal contra trabajadores tratados como esclavos puede considerarse de izquierdas: porque no se veía como una casposa reaccionaria sino una mujer moderna y sensible, o algo así.

Más allá de la persona concreta, de la que ya digo que no tengo gran información (ni siquiera gran interés), parece claro que un gobierno de izquierdas tendría como una de sus prioridades luchar contra algunas de las prácticas empresariales de Rosalía Mera y su imperio: la mano de obra semiesclava, la fuga fiscal, la posesión de SICAVs… pero pese a ello parece que factores claramente secundarios indican en los obituarios que la mujer más rica de España era filántropa y de izquierdas. Lo mismo (más claramente aún) cabe decir de su «simpatía» por el 15M: es evidente que esa categoría goza de una gran simpatía que hace que en ella se sientan a gusto quienes tratan a seres humanos como mercancías sin atender al lema que convocó la manifestación de aquel 15 de mayo.

En los últimos años han surgido un par de categorías que algunos miran con desdén por su supuesta falta de precisión. Identifican el conflicto de clases señalando a una amplia mayoría social oprimida por una pequeña élite: hasta ahí nada nuevo, pues es lo mismo que hemos hecho siempre hablando de lucha de clases. La novedad es que se renombra el conflicto (se cambia de nombre, no de análisis: se sigue mostrando un conflicto dialéctico) y se habla del 99% frente al 1% o a «los de abajo contra los de arriba», algo tan impreciso como el «opresores contra oprimidos» de toda la vida (y de todos nuestros clásicos).

Imprecisiones las hay, claro. También las arroja hoy en día la categoría «trabajadores» que ya no son sólo el trabajador por cuenta ajena en activo: el capitalismo actual ha hecho suficientemente compleja la explotación como para que nos sea beneficioso usar un arsenal de categorías más amplio algunas de las cuales unas nos sean útiles en unos casos y otras en otros siempre para definir el conflicto entre opresores y oprimidos.

Personalmente no ubicaría a una propietaria de una empresa tan eficaz en la explotación laboral en la izquierda. Pero tampoco perdería mucho tiempo en convencer de ello: no estamos en un conflicto semántico sino social y político; somos materialistas y las identidades no nos son fines en sí mismo sino instrumentos para el fin que es la emancipación de todo ser humano y de todo colectivo humano.

Lo que nadie dudará es que si usamos esas categorías criticadas por ser tan «ambiguas» tenemos a Rosalía Mera perfectamente ubicada: es indiscutible que Rosalía Mera era de las de arriba, del 1%. Todas las categorías tienen fronteras difusas y para explicar que los nuestros no son los dueños de Zara sino los trabajadores de Bangladesh es mucho más útil esa distinción entre élites y pueblo (99%, los de abajo) que la a veces desdibujada entre izquierda y derecha. Para otros casos, según a quién se dirija uno o de qué hable, pueden ser más útiles los nombres del conflicto de siempre: la retórica es un instrumento político para ser usado tras análisis crítico, no como oraciones religiosas a repetir cual textos sagrados tengan o no contenido.

No reniego de la bandera de la izquierda, claro que no: la lucha por la emancipación que representa esa bandera es la lucha. Lo que tengo claro es que en muchas ocasiones hay que usar más banderas para lo mismo, para trazar la línea que separa a opresores y oprimidos y caminar hacia la emancipación. Y los nombres «99%» y «los de abajo» ayudan a muchos que no se ubicaban en aquellos espacios estético-deportivos a entender cuál es su bando y en casos como el de la mujer más rica de España a, sin negar (aunque sólo sea por ignorancia) sus probables aportaciones positivas, a entender que por muy atípica que pudiera ser no está en nuestra lucha, que nuestra lucha es contra quienes saquean el mundo, nuestra lucha es la de los de abajo contra los de arriba, la de los trabajadores de Bangladesh frente a quienes se labran con su explotación fortunas que tributan en SICAVs e Irlanda.