Es imposible escribir la historia reciente del caciquismo, el ladrillazo y la corrupción madrileños sin Miguel Blesa. Es imposible, por ejemplo, explicar el tamayazo sin partir de que Rafael Simancas, quien iba a ser el presidente madrileño al perder en las urnas Esperanza Aguirre la mayoría absoluta del PP, anunció públicamente que Blesa no continuaría al frente de Cajamadrid. Tamayo y Sáenz huyeron, Esperanza Aguirre fue elegida presidenta autonómica y Miguel Blesa continuó al frente de Cajamadrid.

El problema de Cajamadrid no es que estuviera politizada. Salvando las distancias godwinescas es como si acusamos al III Reich de estar politizado: el problema no es que tuviera orientación política; el problema es qué orientación política tuvo. La Cajamadrid de los últimos años, la presidida por Blesa fue un instrumento financiero al servicio de la cultura política del saqueo y el ladrillazo que después nos estalló en la cara. Una cultura patrocinada y liderada por el Partido Popular: por Aznar en toda España, por Gallardón en Madrid y después por Esperanza Aguirre hasta que ésta quiso controlar aún más el saqueo (su intención era que Ignacio González sustituyera a Blesa) lo que generó una disputa con Rajoy (que no quería renunciar al control) y acabó con Rato como presidente de Cajamadrid bien visto por todos los convidados al festín.

Una cultura política patrocinada y liderada por el PP, sí, pero una auténtica cultura de régimen: de un régimen caciquil instalado en Madrid con apariencia de eternidad. Las complicidades activas o pasivas con el tinglado se extendieron vergonzosamente. Madrid fue un paraíso de la corrupción inmobiliaria: donde no se daba una licencia para un nuevo rascacielos, se construía una autopista radial innecesaria, se soterraba la M-30, se canjeaba la Ciudad Deportiva del Madrid por cuatro rascacielos en cuyo centro tendríamos un gran pabellón de baloncesto para el Madrid olímpico sin el respaldo de la Caja (y sin sobres de los constructores, según vamos empezando a saber). Este último pabellón de baloncesto, por cierto, no existe, los rascacielos sí y el Madrid olímpico sigue siendo la excusa para el saqueo de las exprimidas arcas madrileñas. Como si quedara algo que robar.

La corrupción en torno al ladrillo formó parte de una cultura del poder demasiado extendida en Madrid. Y la Cajamadrid presidida por Blesa (y luego por Rato) estaba en su centro: no era el único actor pero sí un actor principal sin el cual habrían sido imposibles el saqueo de Madrid (sólo comparable al del País Valencià y acaso al de Baleares y Murcia) y su destrucción económica, territorial y también democrática.

Cajamadrid tenía además una capacidad de extender la ponzoña como pocas entidades, de llevar a demasiados rincones una cultura del saqueo de Madrid en beneficio privado que generó complicidades (por no decir coautorías) que permiten hablar de un régimen caciquil corrupto en Madrid, de la corrupción como una cultura de régimen, no sólo de partido, aunque muy principalmente impulsada por la banda que ha controlado al Partido Popular.

Ayer sucedió un hecho insólito que sólo ha ocurrido dos veces en el Régimen del 78: encarcelaron a uno de nuestros grandes banqueros. Haz una prueba: busca las declaraciones sobre tan importante hecho. Mejor aún: busca los silencios.  No son silenciós, es omertà.