Con más insistencia que nunca suena la música de “un gran pacto nacional” por el empleo o contra la economía, según quién lo exprese.  En las portadas de hoy vemos que, según El País “los empresarios urgen a Rajoy a cerrar un pacto de Estado“, según ABC “Rajoy reprocha al PSOE que no asuma el coste de un pacto contra la crisis“… un consenso que recoge el siempre conciliador diario ultra La Gaceta: “Urge un acuerdo nacional“.

Sin duda la posibilidad de un acuerdo que haga corresponsables a todos los agentes políticos y sociales de la política económica debe de estar haciendo salivar a la troika. Tenemos un gobierno sin ningún tipo de liderazgo social, al que cada día le conocemos un nuevo robo y que está tan débil que tras pasarse meses anunciando un Consejo de Ministros sangriento el 26 de abril. se despacha con dos subiditas de impuestos y la asunción de que el paro va fatal, pero sin ningún recorte que nos justifique refugiarnos en los búnkers que ya teníamos preparados. Las innumerables mentiras del PP y el hecho de que vayamos conociendo ahora cómo se forraban sus dirigentes mientras saqueaban el país de la mano de los principales constructores deslegitima al gobierno para nuevos hachazos. Y de hecho, desde que se ha acelerado el conocimiento de la mierda que vertebra al PP desde su fundación no ha habido grandes recortes: no pueden, tienen las instituciones y un patético pesebre mediático, pero han perdido el país (y controlar el BOE sin el apoyo del país es mucho menos provechoso de lo que parecería).

¿Cómo se podría volver a los recortes? Sólo mediante un nuevo disfraz para las decisiones de la Troika, mediante la ficción de que lejos de ser impuesta la política económica es acordada. La resistencia del PP es lógica porque significaría reconocer que su mayoría absoluta no consigue paliar su extrema debilidad, que el edificio aparentemente sólido tiene carcoma hasta en la caja fuerte.

El último gran acuerdo que hemos tenido permitió alargar la edad a la que nos jubilamos sin oposición social organizada con la excusa de amortiguar daños, pero abriendo una puerta que ya no se cierra. Ahora discutimos si se acelerará la llegada de la jubilación a los 67 años o si aprobamos directamente la jubilación a los 70; algo a lo que los sindicatos tendrían muy difícil oponerse virulentamente tras aquel gran error.

Además de para continuar el saqueo del país, ese gran acuerdo permitiría fijar en el imaginario colectivo qué agentes vertebran el régimen, qué actores son adultos, quiénes son imprescindibles para hacer esa “Política con mayúsculas” que reclamaba Juan Carlos de Borbón (pocas semanas después de aprovechar que se recauchutaba la cadera para ponerle unas tetas a su amante y testaferra: política con mayúsculas, di que sí).

El “gran pacto de estado” sería la operación de autosalvamento de un régimen que se desmorona recuperando para ello su código genético: el de las renuncias sociales y democráticas en aras del mágico consenso y con la mínima participación popular inevitable. Lo normal es que si saliera bien se anunciara que ha sido el príncipe Felipe quien ha conseguido que se entendieran los firmantes y hasta presidiera alguna de las reuniones: así salvamos el régimen completo.

Sólo un pronóstico: ya no cuela. En los 70 el país quería escapar de la dictadura y, mal que bien, las renuncias iban acompañadas de avances (democráticos y sociales) aunque fueran mucho más tímidos de los necesarios. Ahora el pueblo no tiene miedo a una dictadura ni a una guerra sino que de lo que quiere escapar es de los saqueadores que nos han llevado a la ruina en beneficio propio; y nadie espera que hoy, en un acuerdo que firmaran los empresarios y apadrinara la troika, hubiera avance social alguno: la máxima aspiración (como en el pacto de las pensiones) sería que los hachazos fueran (de momento) más flojitos.

Así que lejos de permitir sostener al régimen uno augura que un “gran pacto de Estado” no sólo deslegitimaría aún más el tinglado sino que permitiría señalar qué actores han decidido caer con él.