Esta semana anunciaron el muy probable cierre de AltaFilms y de muchísimos de los cines Renoir de España. El asunto es aún más grave en otras ciudades donde el Renoir es la única posibilidad de ver cine no estrictamente industrial y en versión original, es decir, sin mutilar. Pero a mí me toca en mi ciudad, en Madrid e incluso en mi barrio: de los cines que cerrarán inmediatamente dos están en Chamberí, pero especialmente uno, el Renoir Cuatro Caminos, a poco más de cinco minutos de mi casa, forma parte de mi vida y de la de cientos de miles de personas que hemos visto ahí muchísimas películas, nos hemos formado, hemos hecho vida social en torno al cine, hasta hemos intentado ligar allí con éxito desigual.

Un cine hace barrio, como la cultura hace país.

La única política cultural que hay en Madrid (avanzadilla en esto del conjunto del país) es la destrucción de la cultura. Mientras celebrábamos los cien años de la Gran Vía sus numerosos cines se iban convirtiendo en H&Ms o Bershkas. Muchos cines de la Gran Vía eran cines nacidos con el cine mismo: por eso algunos como el Palacio de la Prensa o el Palacio de la Música conservaban el espacio para la orquesta de cuando el cine mudo, por eso el Palacio de la Música se llama así.

No sólo son los cines. En los años 90 (cuando por edad estaba en plena formación y descubrimiento de mis gustos culturales) Madrid tenía decenas de salas de teatro alternativas, cines por todas partes con una grandísima variedad de películas no sólo presentes sino también pasadas. No hacía falta ser un cultureta: en esos cines de la Gran Vía había colas por asistir a las películas más publicitadas, pero en la Filmoteca también había siempre una inmensa cola.

Han sobrevivido salas de teatro que no programen sólo el último musical de Broadway traducido al castellano. Pero no tiene nada que ver con aquella situación. La sustitución de cines por uniformidad comercial ha sido más visible (por la visibilidad de la Gran Vía)… y el cine y el teatro son sólo dos aspectos que certifican una ciudad (un país) cada vez más gris, más muerta, una ciudad cerrada cuya vida social se restringe a coger el coche para ir al Madrid Plaza 7 a ver tiendas, las mismas que en el Madrid Plaza 4 pero con un parking más grande.

No culpo al empresario de los cierres que tenga a bien: en el aspecto puramente industrial sólo me preocupan los trabajadores que se sumarán a los seis millones de parados.

El problema es que no tenemos más política cultural que la asfixia de la cultura y la uniformidad industrial: hasta el fútbol (si queremos incluirlo como cultura, que yo estaría dispuesto) se está convirtiendo en un aburrimiento monocorde mediante la concentración de riqueza y la sustitución del espectáculo popular por una industria en manos de constructores que ha arrasado con el resto de deportes. Un país no puede permitirse carecer de política cultural. Un país no crece sólo mediante indicadores económicos, ni siquiera sólo mediante indicadores sensatos. Y una ciudad es lo que hacen sus ciudadanos, los sitios donde se reúnen, se sientan, crecen, piensan, hablan… Esos sitios en Madrid cada vez son más clandestinos, más idénticos, menos estimulantes.

Algunas de las mejores obras de teatro en Madrid se representan en salas públicas (municipales, autonómicas y nacionales: feliz duplicidad). ¿Por qué sólo hay un cine público, pequeñísimo (el cine Doré, de la Filmoteca Nacional) si gran parte de nuestro cine se produce con fondos públicos? (¿Y por qué la Filmoteca “Nacional” sólo tiene cine en Madrid y no en todas las provincias?) Seguramente la respuesta sea que lo que hay que hacer es empezar a cerrar teatros públicos (de hecho han reducido drásticamente sus presupuestos, pese a que las entradas no son baratas y suelen estar llenos). ¿Por qué no existen apenas espacios públicos y asequibles para ensayar grupos de teatro, de música, de danza, de…? La ceguera ante la necesidad de política pública cultural hace que nuestra cultura descanse en manos de empresarios, con criterios industriales y que la cultura, como el mobiliario o el vestuario, pase a uniformarse y ser todo de Ikea y de Zara. Un suicidio colectivo.

La cultura no es sólo el cine, el teatro, la librería o la sala de exposiciones: es cómo vive un pueblo. Y quieren que vivamos uniformados mirando escaparates de uniformes.

Su única política cultural consiste en la “noche del teatro”, la “noche del libro” y la noche de cualquier cosa que van cerrando: pronto harán la noche de la sanidad, con miles de médicos operando en las plazas rodeados de un público entusiasta y con Lasquetty (si todavía no trabaja oficialmente para una empresa sanitaria privada) haciendo declaraciones sobre que es una noche muy importante para la sanidad madrileña. Una mierda.

Es seguro que el sufrimiento actual de nuestro pueblo no tiene como prioridad que haya cerrado el cine del barrio: nos están quitando el trabajo y la casa y no estamos para pensar en las musas. Pero forma parte de lo mismo: la opresión de una pueblo necesita la anulación de la creatividad y la capacidad crítica, pero sobre todo de toda identidad colectiva. Nos ponen sus uniformes para que no fabriquemos nuestro nosotros, sin el cual tienen vía libre.