Desde que empezó la crisis e íbamos superando cifras de paro que nunca íbamos a alcanzar (cuatro, cinco, seis millones de parados que si no hay ya habrá a lo largo del año) siempre había listos que nos mostraban la prueba del algodón de que tales datos eran falsos. “Si hubiera X millones de parados estarían las calles ardiendo“. Y lo cierto es que no ardían aunque poco a poco se fueran tostando, así que seguían con la matraca “Es que hay mucha economía sumergida y muchos de esos parados en realidad están trabajando en negro [los curritos trabajan en negro: trabajar en B lo dejamos para los dirigentes del PP, que es más elegante]“. Daba igual que uno explicara que la EPA es una encuesta compleja y anónima por lo que no tenía demasiado sentido pensar que esconde las irregularidades: si no ha empezado la quema de edificios oficiales es que no hay tanto paro, que la cosa no es para tanto.

Con los desahucios debe de estar pasando algo parecido. Por mucho que se inventen la violencia de los escraches (no dejéis de leer el imprescindible artículo de hoy de Isaac Rosa) hasta ahora la única violencia que se ha ejercido por parte de desahuciados ha sido la que se ejerce contra uno mismo: no sabemos cuántos suicidios ha habido causados por desahucios ni si, tras unas pocas informaciones sobre algunos, se ha decidido seguir sin informar sobre suicidios (por motivos discutibles pero legítimos) o si precisamente es la respuesta colectiva la que está ayudando a arropar a los desahuciados salvándoles la vida.

El caso es que pese a la histeria del PP y de su pesebre mediático, la respuesta a la violencia de los desahucios está siendo pacífica, extremadamente pacífica. Lo que a estos señores les parece insoportable es que en la casa de los diputados que se niegan a apoyar iniciativas para garantizar el derecho a la vivienda lleguen pegatinas y cartas de afectados y que incluso toquen el telefonillo. Se pone como excusa que al parecer una vez un escrache coincidió con que en el colegio de los hijos de Pons era fiesta (si es que lo era, que entre tanta mentira uno duda de cualquier afirmación que se ponga al servicio de la propaganda) y por tanto estaban en casa cuando tocaron el timbre de su casa (¡horror!). (¿Nadie piensa en su sufrimiento al enterarse de que su padre contribuye activamente al saqueo del país y de sus familias y a sacar de sus casas a cientos de miles de niños como ellos? ¿Tan inmorales presuponen a los niños de Pons o de cualquier otro diputado del PP como para pensar que les afecta más que toquen el timbre de su casa por una coincidencia con una fiesta escolar?)

Da igual cómo protestemos: todo es nazi-bolcho-etarra. Lo era protestar delante del Congreso (¡el 23-F! ¡Golpistas!), lo es protestar delante de las sedes de partidos políticos, lo es protestar donde están nuestros supuestos representantes. Recordemos que incluso era ilegítimo protestar en Sol porque la asociación de comerciantes que se había construido Arturo Fernández sufría (con el consiguiente sufrimiento para los hijos de Arturo Fernández, supongo) y por que, no lo olvidemos, Esperanza Aguirre nos decía en 2011 que donde teníamos que protestar es en La Moncloa, como si no estuviera allí garantizada la lluvia de palos policiales.

Al comienzo de los escraches intentaron incluso convencer con vomitivo paternalismo de que era una forma de que la PAH perdiera popularidad (como si la lucha por los desahucios fuera un concurso de fama): ni con todo su arsenal propagandístico consiguieron que una amplísima mayoría social siga apoyando la lucha (y los medios de lucha) por el derecho a la vivienda, incluyendo el apoyo del casi 60% de los votantes del PP y el 65% de los de UPyD, que no deben de ser muy conscientes de que sus representantes los llaman nazietarras en tres de cada dos tuits.

La movilización está ganando en inteligencia y eficacia y eso es lo que está poniendo tan nervioso al PP y a su pesebre (no lo llamaremos “pesobre” porque seguro que hay algún tertuliano tan bobo que defiende sus argumentarios sin necesidad de que le den un sobresueldo a cambio del ridículo: alguno habrá). Pero si observáramos con atención la infinita contención de una ciudadanía a la que van despojando de sus derechos humanos más vitales mientras va conociendo cómo saquearon su país quienes se ponen la corbata para explicar que lo indignante es que les pongan una pegatina en el portal pensaríamos que la rabia no debe de ser tanta cuando es posible tantísima contención. Que igual que antes “no puede haber tantos parados”, ahora “no debe de haber tantos desahucios”, “no debe haber tanto recorte sanitario”, “no debe haber tanto recorte en pensiones“,… Si nos contenemos tanto debe de ser que la crisis sólo la están sufriendo los pobres hijitos de Pons.