Confieso que soy de esos ingenuos que sí se creen que Bashar Al-Assad es un criminal como la copa de un pino. No digo que sea falso que alguna de las matanzas que ahora se le adjudican sea un montaje, algo poco contrastado o que se cuente de tal forma que parezca que sólo matan las tropas de Al-Assad. Lo que digo es que aunque tal o cual matanza en concreto sí sea un montaje Al-Assad lleva machacando a su pueblo desde antes de que a los informativos les preocupase y de que se levantase contra su gobierno una parte mejor o peor de Siria.
Si no supiera que ningún país es como otro (Libia no era Irak, Irlanda no es Euskadi, Grecia no es España pero Islandia mucho menos), la comparación de lo que pasa en Siria con los preámbulos del bombardeo de Libia sería evidente: parece claro que alguno de los crímenes que se adjudicaron a Gadafi (aquellas manifestaciones bombardeadas por aviones militares) no existieron sin que por ello tengamos que proponer a Gadafi para el premio Nobel de la Paz a título póstumo salvo por el hecho de que lo compartiría con tipos no menos sanguinarios. La dureza del gobierno de Al-Assad no la he aprendido en crónicas de El País desde Jerusalén ni en espeluznantes reportajes de Antena 3, sino, por ejemplo, en el fundamental libro para entender Oriente Medio El hombre mojado no teme la lluvia, de Olga Rodríguez, periodista a la que difícilmente se podrá tachar de esbirra de la propaganda imperialista. Por otro lado, y aunque resulte casi anecdótico, también son dos de los gobiernos laicos que quedaban en la zona y que curiosamente occidente ayuda a desplazar en favor de opciones confesionales islámicas. Y en ambos casos la propaganda por la intervención militar occidental ya ha arrojado la insostenible comparación con nuestra Guerra Civil: ni Libia ni Siria se parecen nada al Irak de nueve años antes, pero, ojo, a la España de hace 76 años se parecen como gotas de agua.
Es cierto que hay algunas diferencias en cuanto al interés por atacar Siria y el que hubo por atacar Libia. Si en Libia probablemente tuvo más peso el petróleo y poner fin a las primaveras árabes mostrando que aquí sigue mandando Washington, en Siria tendría más peso su interés geoestratégico tanto por su medido enfrentamiento con Israel como por su afinidad con Irán. Por otro lado también podría haber diferentes consecuencias: mientras Gadafi no le importaba a nadie una higa, en Siria Rusia tiene una importante base naval e Irán sabe que Damasco es sólo una escala hacia Teherán. Pero si el antes y el después son bastante diferentes, los durantes, que es lo que importa, resultan extraordinariamente similares a ojos de cualquiera que no sea capaz de encontrar las sutilezas por las que nada se parece a nada.
Ya adelanto que no sé qué alternativa hay, qué se puede hacer para frenar la sangría y apoyar al pueblo sirio para su emancipación (no el cambio de sometimiento). Pero sé qué no se puede hacer, qué hay que rechazar: no por exquisiteces morales sino por puro aprendizaje de la Historia más reciente. Aquel apoyo al pueblo libio en forma de bombas al que tampoco supimos dar alternativa consistió en que, tras las bombas de la OTAN vino la sharía y la limpieza étnica. Se usaron las bombas para sustituir un gobierno feroz por una situación terrible… en la que se reparten el petróleo las empresas europeas en proporción al número de bombas arrojadas por sus gobiernos. Dijimos entonces las voces disidentes que la OTAN no ayudaría nunca a liberar un pueblo sino que se aprovecharía de su desgracia para aumentar su dominación. No teníamos alternativas a la guerra de Libia, pero teníamos razón.
Sé que Siria no es Libia. Sé que cualquiera que pretenda aprender del pasado es un ignorante que en realidad esconde el apoyo a un dictador. Pero si los comentarios de este blog no estuvieran abiertos a que alguna de esas luminarias que saben que la analogía no es una forma de aprender porque no se bombardea igual a las peras que a las manzanas me atrevería a decir que si algo hay que aprender de Libia es que no se puede apoyar lo mismo en Siria.