Siguiendo la vanguardia liderada por Fabra, el ayuntamiento de Madrid no ha inaugurado un aeropuerto sin aviones, pero sí una biblioteca sin bibliotecarios (y sin libros, que se sepa). Mientras que Fabra apelaba a un entendimiento superior (“Hay quienes dicen que estamos locos por inaugurar un aeropuerto sin aviones, no han entendido nada“), Ana Botella apela a la solidaridad de los madrileños que curren gratis en la biblioteca de Carabanchel:
A mí, como madrileña y como alcaldesa, me gustaría que, esos lugares que hemos construido y que ahora no podemos atender a todas sus necesidades, me gustaría que los madrileños se implicaran y que todos colaboráramos en sacar adelante esta ciudad y hacerlos rentables (…) Creo que estamos en un momento en el que debemos hacer todos algo por la sociedad en la que vivimos, implicarnos en la gestión de la ciudad. Tenemos que ser capaces de devolver a la sociedad algo de lo que la sociedad nos da. Es algo que se hace en muchos países, y que nadie podría ver mal en un momento como en el que estamos.
La alcaldesa tilda de innovador e imaginativo el modelo y no le falta razón. La esclavitud tenía un problema en términos de competitividad, modernización y flexibilidad: el amo tenía que pagar la comida, vestido y el techo del esclavo: al precio que está la vivienda (¡y sin crédito!) la esclavitud es demasiado costosa para los emprendedores. En Madrid quien no trabaje es porque no le da la gana, porque trabajo hay: en la biblioteca de Carabanchel (y en el resto de barrios, según anuncia Botella para que no sospechemos nada por no haber empezado la innovadora experiencia por el barrio de Salamanca) por ejemplo hay plazas de bibliotecario.
Podemos asumir que la alcaldesa ha tenido un problema de comunicación: bien podría haberlo explicado diciendo que se trata de una oportunidad que brinda el Ayuntamiento de Madrid a los titulados en Biblioteconomía para hacer prácticas y poder buscar otro trabajo con un currículo que dé gloria verlo. Es lo que se ha hecho hasta ahora con gran éxito de crítica y público. Podría incluir una propuesta solidaria con la gente que tenga pisos pequeños e incluso con desahuciados: el Ayuntamiento les facilitará liberar espacio o tener que acarrear menos carga permitiendo que donen a las nuevas bibliotecas sus libros.
La innovación de Ana Botella tiene un potencial que los madrileños no deberíamos dejar pasar. Desde hace unos días quieren montar un megacasino en Madrid y para ello están negociando que sea un paraíso legal: ni impuestos, ni convenios colectivos, ni limitaciones para ludópatas ni menores (que jueguen a la ruleta en vez de estar todo el día abortando), ni cotizaciones a la seguridad social… Qué ingenuos. Bastará con llamarlo espacio para la solidaridad: La ruleta humana, por ejemplo. Podemos llenarlo de croupiers y putas voluntarios y por tanto hacerlo mediante una fundación, sin ánimo de lucro y por tanto con grandes ventajas fiscales. Echar unos euros a la ruleta no será una apuesta sino un donativ, como jugar a una rifa solidario y por tanto lo podremos incluir en nuestra declaración de la renta. Tratándose de voluntarios, tampoco hay límites engorrosos como jornada laboral de ocho o dieciséis horas diarias. Ni vacaciones pagadas: ¿no pagamos el trabajo y vamos a pagar las vacaciones?
La rigidez de nuestro mercado laboral ha sido un lastre que nos ha traído cinco millones de parados (hoy sabremos que muchos más). Pero Madrid, siempre a la vanguardia, ha dado con la tecla para que haya trabajo para todos. ¿No estáis dispuestos a devolver a la sociedad (que para esto sí existe) todo lo que ella da por vosotros? ¡Vagos, insolidarios! No lo entendéis porque estáis anclados en ideologías caducas del siglo XIX.
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