Ante una actuación penal aparentemente aberrante suelo preguntar a juristas. El poco derecho que estudié en la facultad (abandoné aquella carrera en 3º) me sirvió para entender que las cosas son menos evidentes de lo que aparentan y que además eso es positivo porque las intuiciones e impulsos suelen acercarse mucho más a la inquisición que a las garantías liberales.

En el caso de los juicios a Garzón he encontrado quien veía justificadísimo investigar el franquismo (y por tanto nunca sería prevaricación) quien lo consideraba hijo de una doctrina judicial equivocada (pero existente, como demuestran la persecución penal de los crímenes en las dictaduras de Chile y Argentina y el apoyo que dio a Garzón en la causa la sala de la Audiencia Nacional a la que por alguna razón no se juzga). En el caso que comienza hoy, las escuchas a los detenidos de la Gurtel también cuando hablaban con sus abogados he encontrado menos discusión jurídica: si es cierto que las cuentas en Suiza registraban movimientos es obvio que desde la prisión los detenidos hablaban con gente no sólo para defenderse sino también para seguir operando ilegalmente y por tanto cabía escuchar y desechar todo aquello que no tuviera por objeto delinquir, ya fueran conversaciones íntimas o de defensa: tampoco aquí Garzón lo hizo sólo (como se esperaría de una decisión tan injusta que obviamente se hace a conciencia) sino con el apoyo de la fiscalía, a cuyo titular tampoco se juzga por prevaricación pese a haber acompañado siempre las decisiones presuntamente delictiva. Curiosamente, sólo he encontrado una persona que alguna de las causas contra Garzón podría tener sentido: “Los más escrupulosos podemos interpretar que lo de los cursos de Nueva York financiados por banqueros no son nada limpio; lo que me extraña es que haya otros jueces que lo interpreten así porque es un funcionamiento tan absolutamente habitual entre ellos que nunca nadie lo ha disimulado. ¿Quién de entre los jueces que compongan el tribunal no habrá dado sesudas conferencias (o incluso se habrá ahorrado el engorroso trámite de darlas) pagados por quien luego pudiera esperar un trato benévolo? Cuidado que se empieza investigando a Garzón por ser Garzón y tirando del hilo se acaba destapando la trama de las universidades de verano.

Todo lleva a una evidente conclusión. A Garzón lo juzgan por ser el enemigo, por meter las narices donde no le llaman: en los crímenes de la dictadura franquista tan indigestos para nuestra Transición y en la trama Gurtel cuyo destino natural en nuestra feliz democracia habría sido una prescripción, una nueva doctrina que explicase que uno sólo escucha a delincuentes para encontrar los delitos que ya conocía (Naseiro) o alguna doctrina Botín para tener que evitarse un engorroso indulto en el Consejo de Ministros.

No faltará quien replique que Garzón también aplicó el derecho penal del enemigo en el cierre de periódicos. Y lo comparto. Pero precisamente por ello mismo no aplicaré la defensa del amigo. Nunca leí Egunkaria (no entiendo el euskera) ni lo necesité para rebatir que no era ningún argumento para su cierre denunciar sus posiciones políticas; ni discuto nunca sobre si Otegi merece el Nobel de la Paz o la reprobación más absoluta, sino que los motivos por los que está en la cárcel son aberrantes. Entrar en el debate sobre si Garzón es el más brillante defensor de los derechos humanos que vieron los siglos o un hombre del sistema que por tanto se merece ser devorado por el sistema es caer en la trampa que nos tiende la inquisición. ¿Se puede aplicar el derecho penal del enemigo sólo a quien sea justificadamente enemigo?

El problema no fue que Giordano Bruno tuviera razón. El problema fue que lo quemaron por salirse de los dogmas. Y encima resulta que tenía razón.

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