Hay una parte poderosa de la sociedad española que dice apostar por el olvido. El olvido es por ejemplo lo que le ocurre a Blas Piñar de quien casi nadie sabe (y a casi nadie importa) si está vivo o muerto. Olvido fue lo que le ocurrió a otro ministro de propaganda de Franco, su cuñado nazi Ramón Serrano Súñer que murió en 2003 sin que nadie se enterara pese a que aún mantenía la propiedad de algún medio de comunicación (Radio Intercontinental, uno de los embriones de la actual Intereconomía): pero a su muerte, como ocurrirá con Blas Piñar, había que explicar a la mayoría de los jóvenes quién había sido el tipejo ese que había muerto. Olvido hay de José Utrera Molina, de quien sólo la Wikipedia, el Ministro de Justicia y la Fundación Francisco Franco saben si sigue o no con vida.
Otra parte de la sociedad, la que basa su identidad política en la democracia, pide memoria. Memoria habría si hoy los periódicos centrasen el recuerdo de Fraga en cómo intentó blanquear el asesinato de Julián Grimáu e insultó al asesinado (desmintiendo que sea obligatorio hablar bien de los muertos) para que el resto del mundo vieran bien que se le arrojara desde la ventana de la actual presidencia de la Comunidad de Madrid. Memoria habría sido explicar a los jóvenes hoy que el 3 de marzo de 1976 los antidisturbios de Fraga mataron a cinco chavales en Vitoria por preparar una huelga en una asamblea en una Iglesia. Memoria sería recordar Montejurra. E incluso podría haber una sobreactuación de memoria democrática, como sucede cuando se condena a cárcel a quienes homenajean tras su muerte (incluso tras su asesinato) a quienes pertenecieron a organizaciones asesinas, aunque nunca tan asesinas como la dictadura de Franco.
Esos crímenes sucedieron en el cénit del currículo de Fraga: cuando fue Ministro de Información de Franco y de Gobernación de Juan Carlos de Borbón y Arias Navarro. Lo demás, de lo que hoy hablan casi todos los medios, son de etapas menores de su trayectoria política: nunca fue nada más importante que ministro, hablemos de eso si hay que hablar de él. Hoy con Fraga se blanquea su biografía como si la cumbre de su trayectoria política (ser ministro) hubiera sido una preparación para lo realmente importante (fundar un partido político que tuvo que deshacerse de él para aspirar a ganar elecciones). La versión casi unánime que nos dan de la biografía de Fraga (su presencia en la dictadura fue una preparación para la democracia) es análoga a la versión del franquismo que nos dan los Pio Moa y los Álvaro Pombo: que la dictadura en sí fue una preparación para la democracia.
Hubiéramos podido creer el carácter sincero de la conversión a la democracia de alguien si ésta hubiera costado algún esfuerzo o riesgo. Fraga fue fascista cuando había que ser fascista para arrimarse al poder y no escatimó un elogio al golpismo ni un aplauso a los asesinatos que se firmaban en su gobierno. Muerto Franco, ni un minuto antes e incluso varios minutos después, creyó que su mejor forma de adaptarse y mantenerse en la cima era defender una democracia extremadamente limitada con levísimas aperturas civiles, políticas y territoriales. El cálculo fue erróneo y otros ex-compañeros le adelantaron a través de UCD: si Fraga se hubiera dado cuenta de que así no ganaría las elecciones habría sido más demócrata, pero pensó que bastaba con mostrarse entonces como un franquista adaptado a los nuevos tiempos con urna. Nunca defendió más ideas que las convenientes para estar arrimado al poder. 60 años moviéndose lo imprescindible para servirse del país sin impedir un sólo asesinato, una sola humillación… Estos últimos años habría tenido la ocasión de mostrar que tenía algo que aportar al país pidiendo, precisamente él, que se sacara de las cunetas a los asesinados por el franquismo; pidiendo que, como le sucederá a él mañana, los cuerpos de las víctimas sean enterrados dignamente donde las familias decidan, explicando que si a él eso no le abría heridas no se las tenía por qué abrir a nadie. Pero un gesto así no le reportaba beneficio y por tanto no lo hizo. Todo lo contrario: hasta el último día ha defendido la bondad del mayor asesino de la Historia de España y nunca mostró el menor malestar por los episodios más sangrientos y crueles de su trayectoria política.
En la España de la agonizante Transición ni recordamos ni olvidamos. Sólo transformamos, deformamos, manipulamos y ocultamos el recuerdo honesto para evitar la reivindicación democrática. Dime a quién llamas demócrata y te diré qué clase de democracia has construido.
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