Como vivíamos por encima de nuestras posibilidades, hemos comenzado a resituarnos quitando lo que más sobraba: la investigación científica. Uno, algo primario, tiende a considerar criminal reducir la financiación de la investigación. No por cierto chovinismo humano (probablemente el conocimiento científico sea de el mayor motivo de presunción que tenga nuestra especie) sino por mero egoísmo: gracias a que otros investigaron hoy no nos morimos (en Europa) de una infección y ya sobrevivimos al VIH y a muchos cánceres. Me gustaría pensar que gracias a la investigación científica de estos años correremos menos riesgo de sufrir enfermedades cabronas que están ahí, esperándonos a la vuelta de unos pocos años. Una sociedad que margina la investigación científica (como una sociedad que carece de una política cultural digna) es una sociedad mediocre. Pero quienes toman la decisión de marginar la investigación científica no sólo son mediocres sino que tienen culpa criminal porque de la mano de su decisión viene la muerte y el sufrimiento ajeno.
El gobierno de Rajoy ya recortó 600 millones en investigación nada más llegar, pero el propio hecho de alargar la necesidad de cotizar más años para tener una pensión decente desincentiva la investigación (pues suele suponer incorporarse varios años más tarde al mercado laboral) y el recorte de funcionarios supone también menos gente investigando en las universidades y hospitales. Todo nos lleva a una sociedad más idiota, más mediocre, que tenga menos conocimiento común y que por tanto encuentre menos soluciones para los problemas intelectuales y también para los vitales.
Hay dos situaciones muy llamativas estos días. En la Valencia del despilfarro se ha cerrado el grifo para la investigación: hace semanas vimos a decenas de científicos del Centro de Investigación Príncipe Felipe salir con sus cajas y lo que pudieran mantener de sus investigaciones en curso porque los despedían de un día para otro. Debe de pensar la Generalitat que igual que un aeropuerto sin aviones es un placer sólo a la altura de los paladares más refinados, los centros de investigación sin investigadores son la definición misma de lo sublime. Pero hete aquí que una madre ha conseguido recaudar 7.000 euros y los ha donado para contratar a una científica del Centro cuya línea de investigación podía ayudar a una vida mejor para su hija enferma. Casi más grave que eso ha sido la reacción mediática que ha señalado a la mujer como heroína (¡madre coraje!) en vez de denunciar la sociedad patética y ruinosa no sólo económica sino social y moralmente con la que nos están suicidando. La situación a la que las autoridades políticas valencianas han sometido a esta madre es análoga a la de la familia del secuestrado que tiene que conseguir dinero para pagar el rescate y que no maten a su ser querido: y en esos casos no señalamos la heroicidad del que paga sino la crueldad sanguinaria del que pone en esa situación a un ser humano.
Por otro lado está habiendo una ingeniosa recogida de firmas que no deja de señalar exactamente el mismo patetismo. Se trata de pedir que haya una casilla en la declaración del IRPF para la ciencia que roza a estas horas las 100.000 firmas. Por supuesto estoy en contra de la literalidad de la petición: estoy en contra de que mi declaración del IRPF esté llena de casillas para que lo que pague vaya destinado a lo que a mí me apetezca individualmente porque no puede decidirse el destino de la recaudación tributaria en función de los deseos de cada contribuyente: debería pagar más quien más tiene pero deberíamos tener todos la misma capacidad de decisión y para eso deberían estar las instituciones democráticas (obsérvese por si no ha quedado claro el carácter condicional de los tres deberías). Pero más allá de la literalidad, la petición tiene la virtud de señalar una bochornosa escala de prioridades políticas que mantiene intacta la extraordinaria financiación pública de la Iglesia Católica (10.000 millones para que el obispo de Córdoba nos enseñe a huir de la fornicación cuando ésta nos persigue en la escuela -¿quién no ha sufrido tan agobiante persecución frecuentemente?-) y que los católicos sí puedan sustraer una parte de los impuestos que deberían ir a la caja común para entregársela a su club privado obligando a que los demás paguemos más o a que se recorte en despilfarros tales como… la investigación científica.
Históricamente el papel de la ciencia y de las iglesias en una sociedad han tenido pesos inversamente proporcionales: las luces de la razón desvelan las tinieblas de los dogmas cuyas únicas luces brotan de las hogueras especialidad de la casa en las que tantos científicos han ardido. Quizás se trate de eso: de darle fuelle a la hoguera para evitar que en medio de las tinieblas aspiremos a la emancipación sino que asumamos que nuestra salvación está en reyes, dioses y tribunos.
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