Doy por hecho que esa supuesta profecía maya según la cual en 2012 los trompetistas del apocalipsis por fin darán su ensayadísimo concierto es una leyenda urbana. No sólo por que no se haya visto ni una sola reproducción del texto de la supuesta profecía (al menos con Nostradamus nos enseñan unos versos que puedan suponer tanto la elección del antipapa como la salida al mercado del ipad3, pero el texto está o alguien se lo inventa oportunamente): además porque, de existir un texto así, dudo que nadie se hubiera puesto a calcular a qué año gregoriano correspondería ese fin del mundo y en ningún caso correspondería tal cual a nuestro 2012. Baste una lectura somera del artículo de la wikipedia sobre el calendario maya para hacer una profecía infalible: venga o no el fin del mundo, morirá entre grandes dolores aquel que intente calcular a qué año gregoriano se corresponde cualquier año maya.

Sin embargo, la profecía ha calado y, medio en broma, la tomamos como un dato de análisis. Que 2012 va a ser una mierda es algo que está fuera de discusión. En mi cena de nochevieja cuando fuimos a brindar expresamos los deseos habituales (salud, bla, bla… y “que 2012 sea mejor que 2011“). Antes de chocar las copas, mi suegro nos desengañó: “Pues no, no creo: va a ser peor que 2011; 2012 va a ser un horror“.

Recuerdo que un año antes no era ése el ánimo. Nos habían convencido del carácter coyuntural de la crisis. Entonces nos alegrábamos de que por fin acabára el 2010, brindábamos por el final de aquel horrible año, nos hablaban de brotes verdes y sólo los más cenizos nos negábamos a verlos en el horizonte. La crisis era dura pero pasajera.  Con esta viñeta ilustraba Manel Fotdevila la llegada de 2011:

Ahora la crisis es dura, pero sobre todo, ha llegado para quedarse. Con ésta viñeta llega el 2012:

Curiosamente en ambos casos parece que la crisis es parte del paisaje: que pasará tal o cual cosa independientemente de lo que hagamos. O que incluso lo que hagamos será parte del paisaje: habrá recortes que todos sabemos que mantendrán la crisis o la agravarán. Hasta Rubalcaba ha dado con un análisis certero: el anuncio del gobierno del viernes nos lleva a la recesión. Se le olvida que si Zapatero no hubiera adelantado las elecciones y éstas fueran en marzo él habría votado a favor de un paquete idéntico o muy parecido (quizás otra subida del IVA en vez del IRPF) y junto con Carme Chacón habrían explicado que era un ejercicio de responsabilidad que evitaba que nos intervinieran y nombraran un gobierno de tecnócratas con su ex-directivo de Lehman Brothers y todo.

Cualquiera de los discursos de presidentes europeos de anoche (parece que sólo en España el jefe del Estado da su mensajito en la fiesta religiosa de nochebuena y no en la civil de nochevieja) vaticinan el apocalipsis maya. Las profecías son siempre la base de la tragedia: el héroe trágico es aquel que conoce su destino y se rebela contra él aún sabiendo que no hay nada que hacer; a su lado están los resignados que conscientes o no del mensaje del oráculo se resignan a una suerte que no está en sus manos. Ocurre que los oráculos trágicos acertaban siempre y por eso sabíamos que, se rebelara o no Edipo, mataría a su padre y se acostaría con su madre.

Sin embargo nosotros caminamos entre oráculos que no han dado ni una en el clavo (incluido su brindis de hace un año por los brotes verdes) y una profecía maya que nadie ha sabido enseñar. Entre tanto destino resignado no hace falta ser un héroe trágico griego para rebelarse contra un supuesto destino que nos lleva al fin del mundo inmediato. Al fin y al cabo rebelarse contra ese destino es simplemente no ser idiota: también los griegos sabían que un idiota es aquel que se cree un individuo aislado sin tomar conciencia de su ser social y político y como seres sociales y políticos tenemos la ocasión de demostrar que no viene el fin del mundo, sino el fin de su mundo.

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