Probablemente la comparecencia de ayer fue la más grosera, la más borde, que ha realizado un presidente del gobierno español desde que hay registros: una lectura a toda velocidad de los nuevos ministerios y sus huéspedes y a ver el Atlético-Albacete en el plasma monclovita. Sin una puñetera pregunta (aunque sólo fuera para que explicara qué funciones tendría cada ministerio más allá de sus nombres) pese a lo cual los periodistas, menos fieles a sus compromisos que los peores partidos políticos, dieron toda la cobertura necesaria. Rajoy hace lo que hay que hacer y también nombra a quienes hay que nombrar: los nombra y se pira.
Tres ministerios resumen el criterio de Rajoy nombrando. En Economía el jefe ibérico de Lehman Brothers cuando ésta quebró dinamitando desde su centro el sistema económico con su dinamita más enmerdada. En Defensa un ex-consejero de una empresa de fábricación de armas entre las cuales dispensaba unas excelentes bombas racimo: no sabemos que Pedro Morenés haya pedido perdón a las víctimas de sus criminales ventas. En Medio Ambiente un propietario de siete automóviles y, sobre todo, de 325.000 euros en acciones de petroleras.
No nos ha hecho falta esperar la decisión de Bruselas: Mariano Rajoy ha nombrado un gobierno idéntico a lo que llamamos tecnócratas. Son gente que proviene de forrarse a costa de hacer exactamente lo contrario de lo que la ciudadanía diría que hay que hacer políticamente en el ministerio que les corresponde. Uno se ha forrado en el fracaso empresarial más devastador que se recuerda y gestionará economía; el otro se ha forrado con la guerra y las matanzas y se dedicará a la guerra; el tercero tiene su patrimonio y al parecer sus aficiones empeñados en la lucha contra el Medio Ambiente que cuelga (marginalmente, todo sea dicho) de su cartera.
Estos tres nombramientos no son anomalías dentro del Gobierno sino sólo caricaturas de lo que atesoran casi todos los demás. Rajoy nombra a quienes hay que nombrar, como hará lo que hay que hacer: seguir apostándolo todo a desmantelar el sector público para salvar las grandes fortunas que nos han arruinado a todos… menos a sus titulares. Y para ello pone a gentes que vienen de los sectores privados que hay que salvar exprimiendo lo público
Y sin embargo este gobierno puede tener una virtud colectiva: no sólo no tiene caretas sino que es de un descaro insultante, lo que facilita enormemente explicar que ahí se están tomando decisiones contrarias a los principios e intereses de la mayoría social. A quienes ya han salido a la calle pero no han percibido su indignación como un acto político les ilustrará éste artículo del flamante ministro de educación, cultura, deporte, paellas y cuchufletas en el que nos explica qué piensa del 15M desde prácticamente sus inicios. El ministro de defensa que vivía de la muerte (ajena) tiene un pasado transparentemente sucio en un país socialmente antibelicista. Y nos dará momentos de gloria cuando su gobierno pida a otros que condenen la violencia mientras algunos diputados busquen en su ipad qué dice la wikipedia que vendía el ministro.
Y otra virtud, de la que tocará hablar pronto: Ana Botella. Su nombramiento es una buenísima noticia para la izquierda madrileña: el primer motivo de optimismo en bastantes años.
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