No entiendo por qué hay que pedirle a Amaiur un pedigree que no se pide a ninguna otra fuerza política. Seguramente con Sortu sí podríamos estar precavidos dado que su oposición a la violencia de ETA ha sido la última en llegar (excepción hecha de la propia ETA, que también ha decidido que no haya más violencia), si bien es verdad que hay más de un partido que sigue siendo amigo de otras violencias presentes o no ha roto ni condenado ni se ha disculpado por violencias anteriores. Independientemente de eso, Amaiur es un grupo que han compartido gente como Patxi Zabaleta, Oskar Matute y Rafael Larreina, ¿quién tiene qué lección que darles de rechazo a qué violencia? ¿Qué legitima al partido de Mayor Oreja y Fraga o al de Carlos Martínez Gorriarán a mirar por encima del hombro democrático al partido de Zabaleta, Matute y Larreina? Si hay que desconfiar de Larreina, por ejemplo, uno lo haría por su pertenencia al Opus Dei, no por pertenecer a Amaiur.
Ante la aberrante lupa con cristal distorsionante que se está aplicando a Amaiur, existe una tendencia lógica de buena parte de la izquierda y en general de cualquiera que tenga sentido común a mirar con cariño e incluso elogiar aquello que en un partido normal criticaríamos. Es decir, aplicamos a Amaiur el mismo cinturón sanitario que aplican los guardianes de las esencias. ¿No deberíamos quienes la consideramos una fuerza con tanta legitimidad como cualquier otra, quienes consideramos un disparate exigir un pedigree que no se le ha exigido a ninguna otra fuerza, analizar (y en su caso criticar) con plena normalidad la acción política de Amaiur?
Si entre los diputados de cualquier otro grupo de izquierdas hubiera miembros destacados del Opus Dei caerían las críticas por todos lados: de dentro y de fuera. No digo ya de IU (hemos llegado a leer que era una incoherencia impresentable que IU tuviera un coordinador que había sido cazador cuando vivía en el campo), sino de cualquier otro grupo: no tengo ningún problema en reconocer lo mucho que me estaría mofando si el diputado de Compromis fuera del Opus Dei o Legionario de Cristo o kiko. Al menos nos servirá para evidenciar que Amaiur no intenta crecer como fuerza de izquierdas sino como fuerza independentista, como evidencia que propusiera (si bien con boca pequeña) una lista conjunta también con el PNV para estas elecciones.
Mucho más allá de eso, ¿por qué apenas se leen críticas a Amaiur por abstenerse en la investidura de un tipo como Mariano Rajoy? ¿Nos imaginamos qué diríamos si la abstención viniera, sin ir más lejos, del PSOE? La excusa dada es absurda y por cierto, muy propia del nacionalismo español que siempre dice eso de ‘si no se sienten españoles que no vengan al Congreso´. Rajoy es el presidente del aparato administrativo, de eso que solemos tener claro mediante la expresión Estado español. Entiendo perfectamente que los independentistas participen en las instituciones españolas en tanto en cuanto el territorio a cuya independencia aspiran no se haya separado. Pero por las mismas es ridículo que digan que no se meten en quién presida el Gobierno del Estado español: el que va a tener que decidir si acerca o no presos, si pone en marcha la parte que le toca de la declaración de Aiete, cómo serán las indemnizaciones por despido de los trabajadores vascos,… He escuchado algunas críticas al atentado de ETA contra Carrero Blanco, pero ninguna proveniente del independentismo diciendo que era una incoherencia porque a los vascos les daba igual quién fuera el presidente del gobierno español y si estaba vivo o muerto, en el suelo o volando. Porque no se sostiene, salvo como gesto dentro de algún diálogo que no conocemos: y lo que no conocemos no puede formar parte de nuestra valoración.
Entiendo que la abstención, así como el exquisito trato dado por Errekondo a Juan Carlos de Borbón (que en cambio fue extremadamente frío con el portavoz de Amaiur, sin darle el cariñoso y afable trato con el que ha tratado a criminales que están al frente de jefaturas de Estado amigas) puedan ser gestos de la izquierda abertzales hacia aquellos con los que están condenados a entenderse. Pero quienes vemos claro que ha desaparecido definitivamente aquello que imposibilitaba normalizar el análisis de lo que hiciera parte de la izquierda independentista vasca no estamos condenados a entenderla, sino que la miramos serenamente. Si consideramos que Amaiur es ya una fuerza política como cualquier otra, debemos criticarle lo que criticaríamos a las demás: salvo que estemos en la misma lógica que el nacionalismo español más reaccionario pensando que son una fuerza excepcional a la que se mide por parámetros de excepción. Y eso sería un flaco favor a la normalización política vasca.
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