Axiomas uno y dos del liberalismo económico: 1.- Toda relación entre agentes económicos es libre si no es obligatoria por ley independientemente de la (supuesta) desigualdad de los agentes; y 2.- Toda intervención del Estado en la economía que no sea para garantizar la competencia y la seguridad física (frente a la delincuencia) distorsiona la economía y suponen una agresión a la libertad consagrada en el axioma uno.
Ayer supimos la suma total del dinero público que (de momento) se ha dado a la banca privada en la UE: 1.6 billones de euros, 1.600.000.000.000 euros o, por ponerlo en pesetas, que asusta más a los niños chicos, 265 billones de pesetas (falta el cálculo de cuántos campos de fútbol ocuparían en monedas de cincuenta céntimos una al lado de la otra, pero comprenderéis que a estas horas…). Por hacernos una idea, cada punto de déficit que tenemos que recortar (y que se aplica a sanidad, educación, pensiones, infraestructuras…) suponen 10.000 millones, es decir, 160 veces menos. El problema conjunto de la deuda pública europea que nos tiene al borde del abismo es cuatro veces más barato de resolver que los agujeros bancarios que tan diligentemente hemos tapado.
Más allá de la monstruosidad que revela ese billón y medio largo, paremos a ver cómo han dejados sus axiomas nuestros dogmáticos gobernantes. ¿Se ha intervenido en la economía? Sí, a lo bestia. La competencia se ha ido al garete, pues los bancos saben que no corren riesgos, que si ganan ganan ellos y si pierden perdemos todos. Es exactamente lo que durante años han usado para evitar cualquier forma de rescate de los ciudadanos que estén al borde del abismo: pronto lo veremos cuando IU proponga en el Congreso una moratoria de las ejecuciones de hipotecas y alguien explique que es una locura porque entonces, ¿quién sería el necio que pagara su hipoteca sabiendo que no le pasa nada si no lo hace? Una lógica para el de abajo hecha añicos cuando el desahuciado estaba llamado a ser un banco.
Como es demasiado evidente que se han cargado ellos mismos la doctrina de la no intervención pública utilizan otro argumento que no es del todo falso: que no había más remedio. Se dice, con razón en algunos casos, que la caída de un banco podría ser justa pero también se llevaría por delante los ahorros de millones de familias (y no queremos) y además pondría en jaque al conjunto de la economía como se vio cuando se dejó caer Lehman Brothers. No entraré en que habría otras formas de tapar el agujero o incluso la posibilidad de que, igual que un banco se queda el piso de quien no paga la hipoteca, el Estado se podría quedar los bancos que rescata para ir generando una banca pública (1.6 billones dan para mucho). Pero sí queda desmontado el argumento de las relaciones libres entre agentes económicos: el propio liberalismo explica que al Estado (el agente distorsionador, el supuestamente fuerte, que es el que somete a los otros pobrecitos actores económicos) rescata los bancos porque no tiene más remedio: no tiene más remedio es una forma de decir no es libre para hacer otra cosa.
Y así, de un plumazo, quienes justifican la necesidad de ese billón y medio largo de euros, se cargan toda la base del liberalismo y nos dan la razón a quienes decimos, por ejemplo, que no es libre quien firma con una empresa un contrato laboral porque ésta tiene la sarten por el mango, que no lo es quien firma una hipoteca, etc. Con el rescate bancario los liberales reconocen que hay actores capaces de forzar las decisiones de otros porque la supervivencia de los segundos está en manos de los primeros y por lo tanto existe una relación de dominación, no de libertad. No pretenderán los liberales convencernos ahora de que los Estados son desvalidos pero que los individuos que buscan trabajo, vivienda o alimento son libres de aceptar o rechazar en una negociación de igual a igual las condiciones que ofrece el poder económico.
Quizás la única ventaja de esta crisis es que está dejando el liberalismo económico en lo que es: no es un conjunto de ideas sino una relación de poder revestida de dogmas con los que ir justificando lo injustificable. Pero en cuanto toca poner a prueba esas ideas con perjuicio para quienes siempre se han beneficiado de ellas se evidencia que las ideas eran una mera excusa para irnos zurrando y que de lo que se trata es de zurrarnos (de que nos zurren ellos) y que todo lo demás es un envoltorio amable.
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