No hace mucho, el 29 de septiembre de 2010, hubo una Huelga General que algunos valoramos como un éxito relativo en tanto en cuanto fuera el principio de la confrontación social con las medidas neoliberales: se evidenciaba que la sociedad no estaba movilizada o que al menos no se movía como ponía en los manuales pero había un primer paso de los sindicatos para responder a los ataques lanzados desde el Gobierno a partir de mayo de 2010. Poco después, el 15 de mayo de 2011 supuso el inicio de una nueva articulación de la sociedad crítica en estructuras cada vez más maduras y activas pero que va despacio porque va lejos: el 15-M ha sido una magnífica noticia, pero su incidencia tiene de momento más que ver con la generación de nuevas hegemonías culturales y organización de la disidencia (y no es poco) que con conquistas impactantes a corto plazo. En lo institucional veníamos de una descomposición de la izquierda federal que contaba con apenas dos escaños en el Congreso y no muchos más de izquierdas nacionalistas que por otra parte se presentaban a las elecciones del 20 de noviembre con un cierto giro a la derecha en los casos de ERC (tras su penúltimo giro interno) y de Geroa Bai tras salirse Aralar de Nafarroa Bai para las generales. Esa dificilísima situación de partida, que aconsejaba visión a largo plazo, contrastaba con la urgencia de dar respuesta a los shocks neoliberales dictados desde los poderes financieros y el gobierno alemán y ejecutados a placer por los partidos turnistas (el PP y CiU en las comunidades que gobiernan y el PSOE en el gobierno central).

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