Dos profundas reflexiones se alzan en el PSOE para resolver el futuro del partido. José Bono, que se ha creído su caricatura, sólo le pide un Secretario General que grite alto y claro “¡Viva España!“, es decir, que sea “un moderado” (la sinonimia entre gritar viva España y ser moderado la pone Bono, no este humilde bloguero); mientras, Alfonso Guerra, explica que lo que hay que hacer es dejarse de chorradas poniendo mujeres y jóvenes porque sí en los órganos (políticos) y preguntado por alguna crítica a la acción política de Zapatero sólo se le ocurre una concreta: la libertad de las mayores de 16 años para decidir por su cuenta si siguen o no con su embarazo; algo coherente, pues si le sobran jovencitos y mujeres en política la decisión que menos le habrá gustado es la que defiende la autonomía de las mujeres jóvenes. En cualquier lado las declaraciones de Bono y Guerra los colocarían como unos majaderillos a los que no hacer caso más que para la mofa. Pero Bono y Guerra impostan la voz, hablan bajito y lento como haciendo profundas reflexiones cuya altura no llegamos a atisbar quienes no disponemos de su visión de Estado.

Añadía Guerra que sería bueno incluir en el proceso del PSOE la opinión de sabios y citaba expresamente a Peces-Barba cuyas últimas declaraciones fueron un inteligente chiste sobre cómo haber bombardeado mejor Barcelona. Peces-Barba, con quien tuve cierta relación cuando era rector de la universidad en la que estudiaba yo, solía explicarle a todo interlocutor que fuera estudiante que no teníamos ni puñetera idea de lo que él sabía y los personajes a quienes citaba así que lo mejor era que le dijéramos de qué equipo de fútbol éramos para que la conversación estuviera a nuestro nivel.

Es una constante en esa generación de dirigentes políticos que se siente autora del mayor milagro político que hayan visto los tiempos: la Transición. La prepotencia se extiende a los intelectuales que en aquellos años eran rebeldes y cuyo servilismo actual con el poder sería tan vergonzoso si no impostaran que el emperador está vestido, que si nos parecen bochornosos es porque no nos damos cuenta de que todo aquel que discrepe con ellos es un imbécil de tomo y lomo. Así, Fernando Savater nos explicaba que el 15-M le servía de tontómetro mientras el sesudo análisis electoral de Boadella consistía en que “en España hay 101.557 gilipollas seguros“, a saber: los votantes del PACMA.

La lista sería interminable. No es una cuestión de edad sino de un grupo muy definido: el que estuvo en una vanguardia política, cultural y periodística, se encaramó a la nada, la abrazó y nos la enseña con un lacito como si fuera el más maravilloso de los legados que algún día tendremos el privilegio de recibir. Al ver nuestro desdén por el estado del regalo nos miran altivos y nos explican que no tenemos ni puta idea.

Han convertido la Transición y todo lo que la acompaña en una religión y ello hace que sus profetas no sean seres racionales con los que convertir sino hoscos sacerdotes que transmiten creencias incuestionables y a quien las cuestione se le pone de cara a la pared con orejas de burro. No es que no se pueda criticar lo que se hizo entonces sino que ni siquiera se puede pensar que aquello tuvo su tiempo y que ahora toca otra cosa. Tan peligrosa es la herejía como la ausencia de fe.

Con todo lo que ha sido, Zapatero deja una de las frases más afortunadas que haya pronunciado un dirigente político español: que había cientos de miles de españoles que tendrían perfecta capacidad para presidir el Gobierno de España. Es impensable que ninguna de las luminarias antedichas (y muchas otras: Felipe González, Fraga, Martín Villa, Rodríguez Ibarra, Pujol,…) tuvieran un gesto de humildad parecido. Alguien les contó que eran Napoleón, se lo creyeron y desde entonces es imposible hacerles ver siquiera que no todas sus batallas fueron inmejorables y que hay otra gente, que piensa otras estrategias y que no por ello son completamente imbéciles.

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