Reconozco ser de las personas a las que Zapatero es capaz de engañar: no por que me crea lo que dice, sino que me llego a creer que él se cree lo que dice. Hay personas de las que uno no se cree que esté siendo sincera absolutamente nunca (Gallardón, Felipe González, Rubalcaba, Esperanza Aguirre…) y otras que, por lo que sea, parecen creerse lo que dicen sea verdad o no. No entiendo cómo todavía me pasa, pero cuando ayer escuché a Zapatero explicar la debacle del PSOE (28%) por un único motivo exógeno (“el resultado es consecuencia de la grave crisis económica“) me dio la impresión de que se lo creía, que ese era su análisis. Quiero pensar que no soy el único. Si ayer no hubo ningún dirigente del PSOE que dijera públicamente “venga, José Luis, no jodas, hombre” seguramente es porque dan por desahuciado el contacto con el mundo real del presidente en funciones.
Si el 28% de votos que tiene el PSOE fuera sólo consecuencia de la grave crisis económica (ojo: no hay crisis política, ética, cultural… sólo una grave crisis económica de esas que el capitalismo tiene cíclicamente), les bastaría con imitar ahora a Rajoy: fumarse un puro y esperar tumbados en el sofá. Rajoy gestionará la grave crisis económica ahora y por tanto caerá al 28% cuando le hagan convocar elecciones. Y como en España sólo existen Hernández y Fernández, si el PP cae, gobierna el PSOE de nuevo. Y todos contentos.
Ocurre que mientras Zapatero presumía de ceguera en las sedes del PSOE se ponía en marcha el afilador. Un afilador que ni siquiera es político: nadie está pidiendo una reorientación del PSOE hacia posiciones de izquierdas que rompieran con tantos años a favor de obra. Algunos, Tomás Gómez, reclamaban democracia interna pese a que hace unos meses no dijo una palabra contra la reforma de la Constitución express: ¿quiere democracia interna en el PSOE pero no le preocupa que la haya en la sociedad? Mientras, otros, ultimaban los detalles del dossier que le tienen preparado a Tomás Gómez. El PSOE ha pasado en poquísimos meses de gobernar muchísimos ayuntamientos, varias comunidades autónomas y el gobierno central a la nada: sólo le quedan dos autonomías (Andalucía, probablemente entregada al PP en marzo, y Euskadi, que espera a unas elecciones sin ilegalizaciones para ser gobernada por la mayoría), la ciudad de España más grande que gobiernan en solitario es Dos Hermanas y han perdido el gobierno central. Además de la frustración que ello debe suponer, las miles de personas que han perdido su empleo también han perdido la mordaza y las redes clientelares internas (un alcalde es él y sus cricunstancias: sus circunstancias son muchas personas).
Incluso si el PSOE decidiera cambiar ahora de discurso y reencontrarse con la izquierda social tendría un serio problema para hacer creer que esta vez es la buena. Zapatero ya fue presentado como el ala izquierda del partido (pese a que lo apoyara gente como Solchaga) frente al felipismo encarnado en la candidatura de José Bono (apoyada por Rubalcaba). Las razones para creerse al nuevo Zapatero que se invente el PSOE son las mismas que habría tenido la sociedad para creerse el giro a la izquierda de Rubalcaba de los meses de campaña electoral. El lastre histórico atesorado, los ajustes de cuentas internos y la frustración generada no se arreglan en un congreso ni aunque la señal televisiva la produzca el propio partido.
En el PSOE puede haber muchos que se preocupen por recuperar la credibilidad electoral del partido. Nada puede resultar menos interesante. Habrá sin embargo quienes se preocupen por generar para la sociedad un posible polo democrático (es decir, de izquierdas) que busque el gobierno para cambiar el país. Ese polo no podría estar encarnado por un partido turnista en el que casi la mitad hubiera querido ser dirigida por José Bono. No sería nada inédito en Europa: es lo ocurrido en Alemania (Die Linke) y Francia (Front de Gauche), por ejemplo: un frente que agrupe desde los socialdemócratas de verdad que rompen amarras hasta los diversos sectores de la izquierda más radical que rompen recelos. Hoy no habría ninguna razón para resucitar viejísimas divisiones entre reformistas y revolucionarios porque hoy reforma es revolución.
Queda mucho camino para reestructurar una izquierda posible que afronte la crisis de civilización (no sólo económica) en la que estamos inmersos. Hacen falta pasos valientes, calmados pero enérgicos por todas las partes que realmente quieran cambiar el país y seguro que en el PSOE también hay gente asqueada por el colaboracionismo. Y mientras, toca seguir peleando: que Rajoy se dispone a continuar ejecutando los encargos de los mercados.
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