Hojear el programa del PP es una tarea titánica. A pesar de que lo fueron entregando por plazos como si fuera una nueva conjunción planetaria (primero convención programática sin programa, luego papelito con cien propuestas más vagas que el propio Mariano Rajoy, después rueda de prensa y finalmente el texto al que llaman programa), lo que uno se ha leído es una colección absoluta de naderías y lo único que puede hacerse es deducir de la retórica una concepción ideológica y de ella el tipo de política (en ningún caso las medidas concretas) que adoptará un gobierno del PP. En mi caso, en cada una de las entregas programáticas me fijé en primer lugar en el programa de política cultural, pese a que Wikileaks ya nos ha contado que ni PP ni PSOE tienen política cultural propia sino que de la Ley Sinde para abajo todo se dicta en la embajada de Estados Unidos.

En la primera entrega (las cien vagas propuestas) se dedica cuatro líneas a política cultural. En el autoproclamado programa electoral del PP son tres páginas que nos explican que el castellano lo habla un porrón de gente y que tenemos una cultura dinámica, transversal, vertebradora, cohesionadora, integradora y no sé cuántas generalidades más. Pero algo sí insinúan en ambos textos:

Impulsaremos decididamente el mecenazgo como soporte activo de los emprendedores culturales y de la innovación creativa, restituyendo a la sociedad su protagonismo y sustituyendo la trasnochada estrategia de la subvención.

Impulsarán el mecenazgo. El mecenazgo consiste en que quien tenga pasta la da para un artista o similar, que tendrá que complacer al mecenas. O que financie una exposición que no contradiga en ningún caso sus valores. Impulsar, en román paladino, quiere decir que habrá bonificaciones económicas. Es decir que el Estado dejará de ingresar dinero para que las grandes fortunas tengan en su mano la política cultural. ¿Libertad? Sí, pero no para el creador sino para el mecenas. Del mismo modo que durante siglos la pintura, la música, el teatro… eran religiosos o monárquicos en función de quién pagara el cotarro, el PP quiere restringir la libertad cultural a una cultura complaciente con los valores del poder económico. ¿Austeridad? No: el dinero saldrá de la caja común, pues el impulso consiste en dejar de ingresar. Por el mismo dinero podría haber una cultura democrática, libre y fomentada desde lo público, pero cuando es el poder económico el que censura lo entendemos con más naturalidad (¿no es acaso mejor que sea imposible publicar nada contra el Banco Santander o El Corte Inglés por el poder financiero de la publicidad que por un decreto ministerial que lo prohiba?).

Junto con el mecenazgo, vemos  otra promesa más vaga pero identificable: “Reforzaremos el marco legal para la protección
de la propiedad intelectual e industrial.

Es un retroceso incluso desde la vigente concepción de la cultura como mera industria que, al menos, situaría el límite en lo rentable no en el capricho de quien tenga capacidad enconómica. No es una diferencia abismal, pero algo es algo.

En el otro lado de la galaxia, en IU, no vemos la cultura como una industria cohesionadora e integradora sino como un pilar democrático y emancipador de la sociedad. Por eso la propuesta va en la línea opuesta: máxima distribución de la cultura y para ello promoción de la creación de la cultura. Es la línea que siempre impulsó la izquierda, sembrando los países de bibliotecas, teatros e institutos públicos para que llegara a cuanta más población mejor la cultura y por tanto se facilitase la emancipación social. Junto a la máxima difusión de las obras culturales se propone un progresivo incremento de la dotación presupuestaria (hasta llegar poco a poco al 5%) para política cultural que haga que esa difusión no sea en absoluto un foco de empobrecimiento de los creadores.

El gran problema de la cultura es el de la libertad: con el mecenazgo y la cultura como industria la libertad es imposible o al menos limitadísima. Desde la promoción pública es difícil, pero depende de la voluntad democrática y de la capacidad para idear mecanismos que impidan el control político (que es inevitable cuando se debende de que un millonario ejerza de mecenas y por tanto de censor). Algunos mecanismos están en mente: desde la licencia universal que permita la descarga gratuita pero identificable haciendo que quien se lucre con las descargas también pague a los autores (una tasa fiscal finalista frente al actual cierre extrajudicial de webs) hasta la posibilidad de una web pública de descargas desde la que por un euro me pueda descargar libros, películas, discos… y el Estado ponga otro euro para con esos dos euros pagar en parte a los autores de la obra y reserven una parte para política cultural (locales de ensayo, teatros, cines públicos, escuelas de escritura…). Existen mecanismos que sólo son posibles si llamamos sociedad a la organización democrática, no a los poderes económicos como hace a lo largo de su programa el Partido Popular.

Existen dos concepciones de la cultura: la que la considera una industria como la de los zapatos y que por tanto debe someterse a los caprichos de los mercados y la que la considera una condición necesaria de una sociedad libre y democrática y por tanto aspira a que se cree libremente y se difunda libremente. Y efectivamente para eso debe estar la sociedad detrás. Pero toda la sociedad, no sólo la que nos quiere adormecidos.

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Una pregunta: ¿la trasnochada estrategia de la subvención incluye a los museos? ¿Pasarán las entradas del Prado y el Reina Sofía a costar lo necesario para su mantenimiento y se acabarán los días de entrada libre? ¿O esa trasnochada estrategia se refiere sólo a la subvención de la creación, es decir, a la nueva arte que pueda introducir cosas malas y emancipadoras sin el control de lo que el PP llama la sociedad?

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