El pueblo griego va a poder opinar sobre el suicidio social al que llaman rescate. Y se hunden las bolsas. Con ese simple gesto adivinamos que no se rescata al pueblo griego con dinero griego sino que el rescate es a la banca europea con sacrificios griegos. Con ese simple gesto adivinamos también que los mercados y la democracia son términos antitéticos, que a más democracia más pánico en los mercados y viceversa. Al ver que las bolsas europeas se hundían por terror a la voz del pueblo griego se fraguó un hermoso consenso de esos que tan buenos momentos nos han dado: en Twitter uno podía ver al director de El Mundo y al de El País y a dirigentes del PP y del PSOE compitiendo por la descalificación más gruesa del referendo griego. Fuera de las redes sociales, en ese arcaico mundo real, Rubalcaba explicaba que la decisión de Papandreu de escuchar (escuchar, hacer, explicar, ¿os acordáis?) era una mala decisión. Anulaba así el discurso de unos minutos antes en el mismo atril de Tomás Gómez que llamaba a votar el 20N con “rebeldía en contra de lo que quieren los mercados y los poderes económicos” (se refería aparentemente a votar al PSOE).
Un concejal madrileño del PP, Ángel Garrido, resumía: “TODOS los medios y partidos sin excepción califican la ocurrencia de Papandreu como nefasta“. Cuando le repliqué que había algún partido (IU) que no sólo no veía nefasto consultar a un pueblo sino que en su programa electoral llevaban la convocatoria de referendos para que el pueblo se pronunciara directamente sobre los asuntos de mayor gravedad me explicó que ‘hablo de partidos “serios”‘.
Eduardo Madina (PSOE) resumía la consigna del día: “¿Puede todo Europa atravesar dos meses de incertidumbre con el referendum de Grecia? ¿Somos conscientes de lo que está en juego?“. Así se despejaba la simpatía que pueda generar todo ejercicio democrático, que será fruto de la inconsciencia de lo que está en juego y antes el argumento base: que la incertidumbre es terrorífica. Es lo que lanzaba Madina y lo que explicó finalmente Salgado: el problema es, ay, la incertidumbre.
Y en eso no cabe más que darle la razón a los partidos “serios”. Hoy hay más incertidumbre que el lunes. Antes todo eran certidumbres: sabíamos que las políticas de suicidio social impulsadas por la UE generarían una nueva recesión, que el rescate a los bancos que tienen deuda aplazaría unos meses una nueva quiebra griega mientras iban cayendo otros países: quizá de nuevo Portugal e Irlanda (si se aclaran con su flexible contabilidad), quizás Italia o España se incorporasen al club. Teníamos la certidumbre del desastre y ahora hay incertidumbres.
Hay incertidumbre porque en cuanto se oye la palabra “cúpula militar” damos por hecho turbios movimientos para calmar a los mercados. Hay incertidumbre porque nadie da por hecho que el referendo se celebre finalmente. Incertidumbre también con el resultado: hoy todo el mundo supone la victoria en un referendo del No (constatando que lo normal es que el pueblo griego se oponga a seguir siendo martirizado, no rescatado), pero no cabe duda de que los esfuerzos por un sí moverán a toda Europa sin ningún límite.
Y hay incertidumbre sobre cómo se gestionaría el No. El camino es Islandia o América Latina, pero ninguno es un camino sencillo. Hasta el lunes había la certidumbre de estar en un camino que anulaba la democracia y machacaba a los pueblos europeos pero que permitía, a duras penas, la supervivencia de los bancos europeos. Hoy esas certidumbres ya no son tales. Por eso tiemblan: prefieren pájaro en su mano que ciento volando. Los pájaros volando, los pueblos decidiendo, generan incertidumbre. Pero no todo es malo: también generan consensos entre la gente seria.
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