No es vanidad; es sólo que soy brillante
Cuenta Odifreddi en su Elogio de la impertinencia una propuesta de autodenominación para quienes normalmente nos definimos como ateos, no creyentes, agnósticos. Al parecer, todo empezó en 2003 por una idea de Paul Geisert y Mynga Futrell (a quienes no tenía el gusto) que fue difundida por Richard Dawkins en este artículo en The Guardian.