Alguna gente, entre la que me incluyo, confía bastante en Amnistía Internacional como organización que controla el cumplimiento de los derechos humanos. Así, cuando Amnistía Internacional denuncia que en España se tortura a inmigrantes y ciudadanos vascos, nos sumamos a la denuncia y nos repugna que una ingente mayoría de la sociedad mire hacia otro lado. Exigimos el cumplimiento de las recetas que aporta Amnistía Internacional para evitar la tortura, sin pensar que tras eso hay intencionalidades oscuras ni que Amnistía Internacional intenta subvertir el orden social y económico español (ése es, por cierto, el único -pero grave- error de Amnistía Internacional: no incluir la violación de derechos sociales y económicos entre sus denuncias).

Según Amnistía Internacional en Cuba hay 54 presos políticos más Orlando Zapata, muerto el martes. No es una gran cantidad, dado lo que sucede en otros países (sin necesidad de mirar lejos), pero no estamos hablando de otros países. Estamos hablando de un país que se reclama socialista y que por tanto define su proyecto político como encaminado hacia la máxima emancipación de todas las personas individual y colectivamente o dicho de otro modo (que no es igual, lo sé, pero la música suena muy parecida, al menos en mi oído) a la radicalización de la democracia para la eliminación de todo somentimiento.

Una de las formas de medir que no hay sometimiento alguno es el pleno cumplimiento de los derechos humanos. Que en los países capitalistas no se cumplen, ya lo sabemos: el capitalismo nació para imponer una dominación concreta, un sometimiento: es un modelo incompatible con los derechos humanos. Pero un régimen socialista no puede considerarse tal si mantiene formas de dominación y los derechos humanos son un buen termómetro al respecto.

El mantenimiento de presos políticos, la limitación del derecho de asociación, los límites al debate en las campañas electorales y la falta de libertad de prensa son síntomas de debilidad de la revolución cubana. Mucho más que una concreta crisis económica. Si en otro momento de la historia la amenaza que se cernía sobre Cuba pudiera hacer entender la política de guerra, hoy Cuba está arropada por media América Latina: los últimos años suponen  el contexto político más favorable para el desarrollo del proyecto socialista cque nunca ha tenido Cuba, pues por primera vez hay otros países que buscan el socialismo y proponen la solidaridad mutua, no alguna forma de colonización.

Sé que ayer se leyeron muchos comentarios hipócritas de quienes sólo tienen ojos para los derechos humanos en Cuba, pero se avienen a esa política de guerra en cuanto analizan casi cualquier otro país incluido el propio. O que al menos miran para otro lado. No creo que sea el caso: los errores que se cometen en Cuba duelen como propios, porque las flaquezas de cualquier socialismo son flaquezas propias y los fracasos acaban arrastrando al socialismo en su conjunto.

No creo que la aquiescencia religiosa ayude más que a persistir en errores. Entiendo que haya quien evite sumar su voz al coro de hipócritas, pero considero que quienes hemos denunciado todas las atrocidades cometidas por estos lares, no corremos riesgo de ser confundidos con la jauría histérica que conocemos de memoria. Esa jauría que sólo menciona a Amnistía Internacional para hablar de Cuba. La crítica a los errores es una forma de lealtad con la revolución. La defensa acrítica una forma de empujar el socialismo hacia el culto religioso.

Socialismo. No muerte. Venceremos.