En los años 90 fue muy nombrada la teoría de Francis Fukuyama según la cual estábamos ante el Fin de la Historia (así, todo con mayúsculas). Fukuyama explicaba la Historia de forma dialéctica tomando a Hegel y llegaba a la conclusión de que todo sistema político occidental había tenido su antítesis menos el capitalismo una vez caído el bloque soviético. Lo importante no es que el capitalismo no tuviera antagonista, sino que Fukuyama pretendía estar demostrando que nunca más lo iba a tener.
La teoría tuvo éxito editorial, y era citada por mucha gente, pero prácticamente siempre para refutarla como la majadería que era. Ni la derecha empeñaba mucho esfuerzo en defender a Fukuyama, pues era muy inconveniente decretar la ausencia de enemigos relevantes que justificaran el gasto armamentístico y las constantes invasiones de países remotos.
Pronto apareció el nuevo antagonista: el Islam (al que a veces, para disimular, se le llamaba integrismo islámico, el terrorismo, islamismo radical…). El Islam ha sido un antagonista útil por cuanto ha servido para mantener la estructura belicista y ha facilitado la destrucción de unas cuantas libertades conquistadas. Pero era un enemigo que no justificaba, por ejemplo, la destrucción de más derechos sociales, pues la única base económica del conflicto era el expolio de recursos energéticos.
Hace unos días se anunció que en Afganistán se iba a intentar negociar y llegar a acuerdos con los talibanes más moderados. Qué sea un talibán moderado es algo que se me escapa. Pero esa declaración permite intuir que, como sucedió hace una década, el capitalismo vuelve a cambiar de pareja, por mucho que anuncien otra batalla final. Que el Islam ya no va a seguir siendo esa encarnación del Mal al que sólo cabe destruir. Se diría que ha encontrado un enemigo más útil para su avance.
Y tal tiene que ser sin duda la crisis. Si, como pensamos Rouco y yo, estamos ante algo mucho más profundo que un mero cambio de ciclo (por cierto, Fukuyama predijo también que se habían acabado los ciclos económicos y que íbamos al crecimiento constante e indefinido: un fiera, el tío), no hace falta un enemigo como el Islam. Si estamos ante un cambio social, político y también económico, un enemigo como la crisis es perfecto, pues es un enemigo difuso, sin cara ni manos y existen científicos que saben cómo sacarnos de ella: a Zapatero se lo explicaron en Davos y a Papandreu en Bruselas. No se le destruye con bombas, de momento, sino con nuestra rendición, que es lo único que podemos hacer para salvarnos.
Del mismo modo que el enemigo islámico permitió que aceptáramos humillaciones y recortes de libertades, pues era por nuestro bien, la crisis está facilitando que se imponga un discurso que nos va a ajustar las cuentas también por nuestro bien.
No hace ni un año de que lo que más se reiteraba era que había que refundar el capitalismo. Parecía que tal consistía en una vuelta al keynesianismo, pues todo el mundo, derecha incluida, asumía el fracaso del neoliberalismo. En este año han pasado de estar a la defensiva a iniciar una ofensiva total: si hace un año preveíamos el fin del neoliberalismo porque sus propios apóstoles entendían su quiebra, hoy también prevemos el fin del neoliberalismo, pero por la voluntad de sus líderes de ir más allá, con nuevos y más duros ajustes económicos, sociales y políticos.
¡Qué Fukuyama nos pille confesados!
Yo no tengo tan claro que las tesis de Fukuyama tuvieran tan poco éxito como tú dices, Hugo. De hecho, el Fin de la Historia es el reflejo o la síntesis de la era Reagan/Thatcher, que si para alguna cosa sirvió fue para convencer a todo del mundo de que No Hay Alternativa. Y es precisamente el triunfo de esta idea lo que, a mi parecer, explica, al menos desde el punto de vista subjetivo, la escasa movilización social y política contra el capitalismo en el momento actual. Que la crisis sea el nuevo enemigo, quizás, pero ya hacer tiempo que nos prepararon para afrontarla apretando los dientes y rezando para que vuelvan las vacas gordas. Y si eso es así es porque la mayoría de la gente es incapaz de imaginar que pueda haber nada más allá del capitalismo.