El rey se ha vuelto a meter en política. No es políticamente neutro impulsar un pacto de Estado sobre economía. En primer lugar implica una visión ideológica: que todos estamos en el mismo barco, que no hay clases sociales enfrentadas, por ejemplo, sino que lo que beneficia al especulador también viene bien al trabajador, lo que beneficia al pequeño comerciante también es bueno para El Corte Inglés. Es la visión que, en otras crisis, supuso avances del pensamiento más derechista que ha sido hegemónico en las últimas tres décadas.

Y también implica marcar el territorio de lo tácticamente realizable. Algunos sectores del PP estaban pidiendo elecciones anticipadas. Un pacto supondría la estabilidad política, así que el rey les dice que ése no es el camino. Independientemente de si lo es o no, esos sectores del PP tienen legitimidad para posicionarse políticamente, el rey no. Otros proponemos movilizaciones para forzar al gobierno a modificar su política, a girar hacia la izquierda, que es para lo que fue elegido. Un pacto como el planteado por el rey va en la dirección contraria: en vez de movilización para la negociación, diálogo porque todos estamos, en el fondo, en lo mismo. Llevará razón el rey o la llevaremos los ciudadanos, partidos y sindicatos que estamos por la movilización. Pero nosotros tenemos legitimidad para hacer política, él no.

Un ser humano hace siempre política: el rey hace política al interpretar que cualquier gesto que haga es neutro. Al proponer el rey un pacto de Estado está situando en el terreno de la neutralidad lo que muchos consideramos una derrota de las políticas de izquierdas, que son las que se deberían aplicar porque es lo que prometió a la ciudadanía la mayoría del parlamento.

Un rey no debería salir de la BBC, Bodas, Bautizos y Comuniones. Pero así remarcaría el carácter católico (con divoricios en las dos primeras familias herederas, pero católico) de nuestra monarquía. El problema del rey es que no tiene ninguna forma de ganarse el sueldo de forma legítima: si no hace nada, es una figura decorativa carísima; si hace algo, se mete en política sin legitimidad democrática. La conclusión es demasiado obvia.