El último invento de moda es que la crisis económica se solucionaría con un pacto de Estado. Se recuerdan los pactos de la Moncloa que fueron los pactos político-económicos que diseñaron el régimen de la Transición. Ayer fueron CiU y ERC quienes propusieron ese nuevo pacto de Estado para salir de la crisis. Resultaría curioso que dos partidos nacionalistas, cuya aspiración debería ser desvincularse de este Estado sean los primeros en sumarse públicamente al run-run del pacto de Estado: en realidad ese nacionalismo conservador es sólo la diferencia de maquillaje entre los miembros del Partido Único.

Para que haya un gran pacto de Estado sobre economía tendríamos que asumir que, en el fondo, con nuestros más y nuestros menos, todos estamos en el mismo barco, hay un bien común que nos engloba y si renunciamos a los matices que nos diferencian, podremos remar juntos. Eso es lo que se entendió en la Transición y lo que esta crisis está afianzando con escasas disidencias: no hay más que un rumbo, por muy jodido que sea.

Un pacto de Estado podría contribuir a una salida de la crisis, no digo que no. Cuando comenzaba la crisis económica Nacho Escolar ilustró el modelo económico sobre el que hemos cabalgado con un símil magistral:

El Coyote es capaz de flotar en el aire por tiempo indefinido, de anular la ley de la gravedad, siempre y cuando no sea consciente de ello. El magnetismo terrestre no vuelve a funcionar hasta que el pobre Coyote mira hacia abajo y ve el precipicio. Mientras no tenga miedo, mientras viva en la ignorancia de su comprometida situación, podrá seguir en el aire como si nada. Lo mismo le pasa a la economía.

Un pacto de Estado que juntase aPSOE, PP, CiU, PNV, BNG, ERC y, por supuesto, UPyD junto a sindicatos mayoritarios y patronal, permitiría que todos siguieran mirando hacia el frente, que volviéramos a construir una economía de ficción basada en que nadie la cuestionara, salvo esos radicales. Sería una salida de la crisis por el camino que llevó a la crisis y que llevaría a la próxima.

Se harían ajustes, claro: en la dirección que se están proponiendo de reducción de derechos sociales y reducir los mínimos democráticos todo lo que se pueda. El propio hecho de apostar por la unidad en vez de la pluralidad propia de la democracia ya sería una renuncia. El ejemplo de los pactos de la Moncloa no es baladí. A las renuncias de la izquierda, como entonces, se les llamaría responsabilidad. A quienes no estén dispuestos a tales renuncias, irresponsables.

Sería construir el mismo modelo de siempre, intentar la vía del conservadurismo bajo la amenaza de que, o renunciamos por las buenas a los escasos derechos que conservamos o los perderemos de forma traumática: será por nuestro bien. Esas renuncias se consolidan durante décadas, entre otras cosas porque fueron voluntarias.

Probablemente quien proponga salir en la dirección opuesta será marginado y anulado. Pero será quien lleve razón.