Zapatero no se había presentado a sí mismo como sus antecesores. González pedía el voto a la izquierda, pero no intentaba parecer un presidente de izquierdas, sino que se mostraba como un estadista. Aznar, directamente, se mostraba como un ser inmoral, dispuesto a bombardear un país o drogar a unos inmigrantes si ése era el camino más corto para solucionar un problema inexistente o real. Zapatero, en cambio, ha construido su personaje en torno a discursos candorosos y sencillos que conseguían intuir una especie de humanismo de izquierda.

«No va a haber recortes sociales«, nos decía. Sus lemas, sencillos, nunca han apostado por avanzar en justicia y derechos de los trabajadores, sino simplemente en que no hubiera retrocesos. El discurso era sencillo y lo compró mucha gente. Singularmente los sindicatos mayoritarios, que renunciaban a la movilización en tanto en cuanto no hubiera visibles recortes sociales y especialmente reforma laboral.

Según anuncia El País el Gobierno tiene la intención de aprobar hoy una reforma laboral de la que los sindicatos no saben nada. Es el colofón a siete días que empezaron con la subida de la edad de jubilación, la drástica reducción del gasto público, el anuncio-sonda de la reducción de las pensiones…

En siete días el personaje que había mostrado Zapatero se ha desmoronado como un castillo de naipes. Tampoco era un personaje revolucionario: simplemente anunciaba que con él no cambiarían nada, tras varios presidentes que siempre menguaban los derechos de los trabajadores. El personaje ZP se ha ido al garete, como la cumbre de las Azores hubiera destrozado el de Aznar si llevara seis años presentándose como un pacifista. Ya no va a poder decir nunca que con él no se tocan los derechos de los trabajadores.

¿Se cierra hoy el ciclo regresivo? ¿El drástico giro a la derecha habrá durado sólo una semana o tendremos más medidas sorprendentes? Ayer a estas horas nadie esperaba que, después de toda esta semana, hoy se pudieran atrever a impulsar en solitario una reforma laboral.

Pongamos la mano en la cartera y los pies en la calle.