No colgué el manifiesto porque pasé varios días sin poderme conectar a internet y los ratos en los que lo hacía los dediqué a cosas urgentes, pero lo habría colgado. Sin embargo tengo un par de dudas.

En primer lugar, el run-rún contra el «lobby de la cultura». Parece como si existiera un pequeño grupo de interesados en mantener un tinglado económico-industrial ilegítimo. En algunos casos, no cabe duda de que es así: la SGAE, por ejemplo, se ha constituido en un órgano privado de recaudación fiscal, algo propio de las mafias. Pero tengamos claro que la cultura y el arte es un bien del que se beneficia una sociedad. No debemos defender la libre difusión de la cultura y el arte contra los artistas. Pero sobre todo, no podemos negar que la recepción del gobierno a un grupo de personas relevantes en internet supone un reconocimiento: se ha fraguado un «lobby de internet» más poderoso (con más capacidad de condicionar en las encuestas) que el de los «artistas». Algunos de estos referentes de internet se están haciendo de oro gracias a su condición de gurús de la red (son emprendedores, no empresarios: porque son modernos). Si consideramos que los lobbies no son fuente de legitimidad, sino de presión en función del poder de cada cual, tengamos cuidado con el lobby de internet, pues no por defender los intereses que, en este caso son también los nuestros, son mejores que otros lobbies.
La segunda duda que tengo es por qué no se plantea una política cultural alternativa. Estoy a favor de la libre difusión de la cultura y del arte a partir de una posible política pública cultural que promueva la creación artística. Que se potencie desde lo público la creación, la difusión y también la recepción del arte. Es lo que en tiempos ocurría en los museos (eran gratis para que los ciudadanos fueran; ahora son cada vez más caros para que los turistas coticen). Con el cine también se ayuda a la producción artística (aunque a veces los criterios sean dudosos). Hoy los músicos todavía pueden suplir los ingresos que pierden en descargas de su obra con el incremento de público en los conciertos, pero ¿qué pasará con los escritores cuando el ebook permita la descarga gratuita de libros? Salvo los poetas, que podrán recurrir a los recitales (a los que se podrá asistir pagando, claro), no parece que haya alternativas para recuperar la dignidad laboral de los trabajadores de la cultura (no la industria cultural, que es otra cosa menos interesante) salvo que, además de permitir el intercambio de archivos, apostemos por una política pública para el arte.

Entre quienes nos oponemos al mantenimiento de las restricciones a la difusión de la cultura algunos lo hacemos desde una defensa de otro modelo cultural que fomente un proyecto público de sociedad ilustrada. Pero otros lo hacen desde el instinto de rapiña y el sálvese quien pueda comulgando inconscientemente con los dogmas neoliberales: toda aparición del Estado para evitar resultados indeseados es ilegítima. Y no pocos aspiran a que el intercambio gratuito de archivos consume su viejo  «muera la inteligencia» y su más reciente resentimiento al ver que casi todo el mundo de la cultura defiende posiciones políticas distintas a las propias.

Es urgente un modelo cultural que pongamos sobre la mesa desde la izquierda para que se sepa qué queremos decir quienes estamos a favor no sólo de no restringir, sino de potenciar la difusión de las obras culturales: más p2p, como más bibliotecas y más filmotecas públicas.