Desde el pasado fin de semana están repartiendo carnés de demócrata. No lo hace gente que necesite especial acreditación. Puede ser cualquiera, sin necesidad de tener una gran ética política. Para repartir carnés, si es que alguien tuviera el derecho de repartir carnés de cualquier cosa, hay que exigirse a uno mismo una acreditación grandiosa. Y sin embargo los carnés los reparten profesores de autoescuela que no tienen problema en conducir a 200 km/h por una peatonal.

Uno puede dar lecciones de democracia tras apoyar (o incluso trabajar para) el gobierno vasco del PPOE mientras exige a cambio del carné de demócrata que uno tenga un discurso inmaculado sobre una isla: quien apoya a un gobierno que ilegaliza partidos, que apoya la detención de políticos bajo la acusación de reunirse en un despacho de un sindicato legal, que no ha movido un músculo contra el cierre de periódicos, que no ha hecho la menor pregunta pública sobre las denuncias de torturas que reiteradamente, año tras año, vemos en los informes de la ONU y Amnistía Internacional… tiene el santísimo morro de expedir carnés de demócrata señalando a los impuros y mofándose de ellos por no seguir el discurso del poder: con semejantes miradas al tendido, no hay quien crea que lo que le preocupa sea derecho civil o político alguno.

Uno puede no haber dicho una sola palabra contra bombardeos ilegales e ilegítimos contra Yugoslavia e Irak, no mencionar una sola de las matanzas de las que nuestras tropas son cómplices y autoras en Afganistán, callar, en el mejor de los casos, ante la presencia del terrorismo de estado en partidos supuestamente demócratas y callar mientras nuestros amiguetes apoyan un genocidio en Gaza… y repartir carnés de defensores de los derechos humanos.

Pero por encima de todo, uno puede ser Elvira Lindo, es decir, una mezcla cañi de Oriana Fallaci e Isabel San Sesbastián que vive en Estados Unidos gracias al servilismo intelectual con el que se arrimó sola y en compañía de otro al poder aznaril facilitando la normalización de la violación de derechos humanos. Elvira Lindo es la intelectual que descalificó el magnífico discurso de Pilar Manjón en el Congreso de los Diputados: se inventó que antes de su comparecencia había ido a la peluquería y que eso mostraba que en realidad le daba igual el asesinato de su hijo. Elvira Lindo publicó ayer una columna en la que arremetía con la suficiencia que sólo un imbécil puede tener contra Esther (compañera y amiga). Se burla de quien dice que no se puede descalificar a un sistema político por unos fusilamientos (más que criticables) de hace seis años. Qué mala suerte: la columna de nuestra intachable demócrata se publica el día en que Estados Unidos inyecta la muerte a un preso. ¿Descalifica eso a las democracias liberales, Elvira? ¿Dedicará Elvira Lindo sus próximas columnas a este asesinato del Estado con el que está mucho más vinculada que con una isla caribeña? No, pues a Elvira Lindo no le importa un carajo si éste o aquél fue fusilado, si se prohiben partidos aquí o allá, si hay tanta o cuanta libertad de prensa. A Elvira Lindo, como a tantos, le importa dejar contentos a los poderosos que tan apaciblemente le han regalado el papel de pensadora, un papel que no merece más que por redactar el pensamiento único sin faltas de ortografía.

Ni una lección, ni un carné repartido por quienes son escrupulosísimos en sus principios con los menos poderosos y más alejados y tienen una manga ancha insoportable con los poderosos más cercanos, que son quienes les han dado un nombre y un sueldo.

Si quieren lecciones de democracia, se dan a estribor.