Uno de los pilares del liberalismo ha sido la negación de la estratificación social en clases. Sólo existen individuos, decían: las clases sociales son una antigualla, un invento pasado de moda. Hasta que les vino bien.

Rajoy se pasó el fin de semana pasado repitiendo cada vez que tenía un micrófono delante que la subida de impuestos que se supone que va a aprobar el gobierno castigará «a las clases medias y trabajadoras». Ayer en la sesión al control al gobierno un diputado del PP reiteró esta defensa de la clase trabajadora frente a la subida de impuestos. La frase no quiere decir absolutamente nada: no conocemos siquiera qué impuestos se van a subir (ya se han hecho todas las filtraciones posibles en un sentido, en el otro y en el contrario a ambos), ni si se va a vincular a bajadas de otros impuestos como ha propuesto IU. Tampoco sabemos si Rajoy está apelando a dos clases distintas (las medias y las trabajadoras) o está hablando de un conjunto que son las clases medias y trabajadoras, mucho más cercano a la dialéctica marxistas, pues sería equivalente al proletariado, frente a una burguesía (clases altas, supongo) que no pagan impuestos.

No pidamos a Rajoy tesis doctorales. No debemos pedirle siquiera que escriba sus propios discursos. Alguien se los ha escrito y ha decidido que para la derecha es rentable ahora apelar a esas clases medias y trabajadoras. Es un ejemplo de libro de cómo usar las identidades: a beneficio de inventario.
Cuando fue necesario apelar al individuo para preservar los intereses de los poderosos, se hizo. Cuando fue necesario blindarlos apelando a la identidad nacional (española o la que fuera) ahí hemos estado. Probablemente esta llamada a las clases medias y trabajadoras sea una forma de marcar el límite: los (inexistentes) impuestos a las grandes fortunas o a las rentas altas son intocables. O posiblemente sea simple demagogia, qué más da.

Lo interesante es que la derecha reivindique con aspavientos los conceptos que ha denunciado durante tanto tiempo. Conceptos que la izquierda usa con exagerada timidez. Gran parte de la izquierda (sindical y política) apela al diálogo social y la derecha a la defensa de la clase trabajadora.

La derecha nos lleva décadas de delantera en morro y desvergüenza. Tras años de apelar al no intervencionismo del Estado en la economía, ha deglutido miles de millones de euros públicos en ayudas a la banca y ahora reivindica a la clase trabajadora, cuya existencia negaba. Aprendamos del morro de la derecha, y de momento agarrémonos a sus renuncias ideológicas: en pocos meses han aceptado la existencia de clases sociales, la necesidad de defender a los trabajadores y la bondad de la intervención del Estado en la economía. Amén.