Un par de lugares comunes: la democracia española es de bajísima calidad y la judicatura es uno de esos cuerpos por los que no pasó la Transición. El miedo de nuestros dirigentes políticos a señalar a nuestro poder judicial como un cuerpo que nada tiene que ver con los hábitos democráticos nos lleva sistemáticamente al bochorno cada vez que un juez tiene que decidir sobre delitos cometidos por poderosos: sólo si hay gente aún más poderosa enfrentada al delincuente (Mario Conde, por ejemplo) éste no verá la amable mano puñetera acariciando su causa y retorciendo el derecho.

No sólo nadie propone una reforma profunda de nuestro poder judicial para que sea independiente y democrático, sino que ante la enésima evidencia de que no se puede llamar a lo nuestro «Estado de Derecho» se reitera el superfluo «acato pero no comparto» en boca de dirigentes políticos. Ni siquiera se atrevieron a recusar a de la Rúa, dado no existen palabras para la amistad que hay entre Camps y él.

Probablemente sea delito decir que uno considera prevaricadora la decisión de dos jueces de absolver a Camps de un delito constatado por once pruebas que estos jueces no niegan. Los regalos que Camps y familia recibió no eran, dicen, por ser presidente valenciano: su amiguito del alma daba regalos a alcaldes, tesoreros, consejeros, diputados… por pura casualidad. Su amiguito del alma tuvo la suerte de cobrar y organizar eventos para el Partido Popular y las administraciones gobernadas por sus amiguitos del alma, os quiero un huevo. Casualidad.

Como probablemente sea delito decirlo, no teclearé que la decisión parece una prevaricación de tomo y lomo. No, piense lo que piense, no escribiré que hay prevaricación. Quiero asegurarme de no cometer ningún delito (más que nada por la incomodidad que podría suponerme a mí, que no soy ni presidente de comunidad autónoma ni nada), así que utilizaré las palabras que usó en este mismo caso el vicepresidente del CGPJ, Fernando de Rosa: Juan Luis de la Rúa y José Francisco Ceres podrían estar pasando la línea roja de la prevaricación.

Si eso es legal en boca de un juez, debe serlo en el teclado de un bloguero: estos tipos pueden haber pasado la línea roja de la prevaricación.